lunes, 16 de febrero de 2009

CONFLICTOS EN LA FRONTERA: LAS NUEVAS ZONAS CALIENTES EN AMÉRICA LATINA


Ivan Briscoe

Las zonas fronterizas de América Latina se han vuelto el epicentro de la inestabilidad y la violencia extrema. Los intentos de México por combatir el tráfico de drogas en su frontera con EE UU y la disputa entre Ecuador y Colombia provocada por la incursión militar colombiana contra el campamento de las FARC en territorio ecuatoriano, expresan los dilemas que surgen de enfrentar el tráfico clandestino y a los grupos armados a lo largo de espacios fronterizos donde el poder del Estado es más bien débil. La nueva estrategia hemisférica de seguridad estadounidense propone un enfoque integrado y cooperativo para enfrentar estos problemas y otras “amenazas emergentes”. Las soluciones militares en contextos marcados por la debilidad institucional, poderosas redes ilegales y estructuras burocráticas escasamente cooperativas han resultado poco efectivas en el largo plazo, mientas que la concentración de amenazas a la seguridad a lo largo de las fronteras acentúa la desconfianza entre los países y debilita la cooperación.

Introducción

El escenario donde se desarrolla el conflicto y la violencia en América Latina está marcado por profundas contradicciones. Mientras las agresiones armadas clásicas entre países parecieran haber terminado –con la excepción de los gestos amenazantes y belicistas intercambiados entre Venezuela y Colombia en marzo de 2008– los conflictos de baja intensidad se han enraizado en las ciudades, y se reflejan en tasas de homicidios ubicadas entre las más altas del mundo y procesos de polarización política que se expresan en protestas callejeras y demostraciones de fuerza crecientes.

En las zonas de frontera es donde los contrastes entre la estabilidad en las relaciones interestatales y las tensiones provocadas por la crisis social y las actividades criminales son más marcados. Además de los efectos provocados por la incursión armada de Colombia en territorio ecuatoriano, la violencia y corrosión institucional ha penetrado como nunca antes la frontera entre México y EE UU, así como en la frontera oriental de Guatemala y en los bordes fronterizos de Colombia con Ecuador, Venezuela y Brasil, donde la tasa de criminalidad es apabullante y el control del territorio por parte de grupos armados y narcotraficantes no es desdeñable. Una de las ciudades fronterizas paradigmáticas de América Latina, Ciudad del Este –ubicada en el lado paraguayo de la triple frontera con Argentina y Brasil– ha sido por largo tiempo el paraíso de los lavadores de dinero y el contrabando, y señalada por diversos servicios de inteligencia por sus vínculos con el terrorismo islámico y los atentados a la embajada israelí y a la Asociación Mutual Israelita en Buenos Aires durante los 1990.

Una de las principales ironías de esta conflictividad fronteriza es que no está asociada a disputas diplomáticas sobre demarcaciones territoriales, por lo que no se observan hostilidades patrocinadas por los Estados como las que se producen en las tensiones fronterizas de Cachemira, Sudán o Kosovo. Las fronteras que todavía se encuentran en disputas son muy limitadas. El pleito diplomático entre Perú y Ecuador fue al parecer resuelto en 1999, mientras que Chile y Argentina solucionaron todas sus controversias territoriales en los 1990, con la excepción de la demarcación de 50 kilómetros de un glaciar patagónico. Sólo Nicaragua mantiene una vivaz demanda sobre territorios del Golfo de Fonseca y sobre las Islas de San Andrés pertenecientes a Colombia, disputas que han sido avivadas debido a su valor político simbólico (1).

Asimismo, la globalización y la integración regional han reducido los beneficios de las redes de contrabando. En el caso de la frontera mexicana, la presencia estatal se ha incrementado, hasta el punto en que ciudades como Nuevo Laredo, Ciudad Juárez y Tijuana son patrulladas por fuerzas municipales y federales, sin contar los miles de soldados camuflados desplegados desde diciembre de 2006 para combatir a los carteles de la droga. Y es en estas zonas fronterizas que el “complejo de amenazas y riesgos”, como definieron los ministros de Defensa de la región en la Declaración de Quito de 2004 al “terrorismo, tráfico de drogas, comercio ilegal de armas y crimen transnacional”, se amalgama y se intensifica (2). Además, en otras zonas fronterizas se están desarrollando nuevas estructuras de autoridad, en las cuales los derechos tradicionales ciudadanos –aquellos garantizados por un Estado soberano– se han convertido en promesas vacías, que son reemplazadas, en el mejor de los casos, por la protección ofrecida por parte de fuerzas estatales que operan en las sombras, mafias u otros poderes de facto.

Este trabajo busca identificar las macro tendencias que se repiten a nivel nacional y que subyacen al proceso de intensificación de la inseguridad, inestabilidad y a los nuevos modelos de autoridad en las regiones fronterizas, usando el caso latinoamericano para detectar los procesos que son relevantes en otras zonas fronterizas porosas y en donde la presencia del Estado es débil, particularmente en la frontera entre Afganistán y Pakistán (que no será tratado en este ensayo). También se evaluará la pertinencia y viabilidad de los nuevos mecanismos que han sido promovidos, particularmente por EE UU, como respuestas a las amenazas percibidas que surgen en las áreas mencionadas.

Turbulencias en la frontera: Una breve visión general

Las crisis fronterizas en cada región tienen su propia dinámica y características, debido a que derivan de contextos en donde la economía, los poderes locales, la presencia de grupos armados y la relación de esas zonas con el poder central son marcadamente diferentes. No obstante, estos contextos diversos –desde la prosperidad de Ciudad del Este a la extrema pobreza en la zona del río Putumayo en la frontera entre Colombia y Ecuador– no han impedido la emergencia de características comunes marcadas por la violencia, el desplazamiento forzado de personas, la existencia de grupos ilegales y la corrupción estatal.

La frontera norte mexicana se destaca por la progresiva militarización de la política de seguridad del Presidente Felipe Calderón y la extrema brutalidad en la guerra entre bandas del narcotráfico –más de 1.300 asesinatos acaecidos en incidentes relacionados con esas luchas entre enero y mayo de 2008 (3). Estados Unidos, por su parte, se ha comprometido a financiar el proceso de modernización y equipamiento desde las fuerzas armadas y la policía, hasta las fuerzas judiciales, en un esfuerzo para detener el flujo de cocaína hacia el Norte (4). Este plan de ayuda, lanzado por el Presidente George W. Bush en octubre de 2007 y conocido como Iniciativa Mérida, inicialmente ha asignado 1.400 millones de dólares para México y América Central en un período de tres años, aunque el proceso de aprobación en el Congreso, que finalizó el 26 de junio, restó 85 millones de dólares a la inversión inicial.

El amplio apoyo bipartidista en Washington a la Iniciativa Mérida, que sigue a un extenso período de mutua sospecha entre las autoridades encargadas de la seguridad en ambos países, no debería oscurecer las importantes dificultades que supondrá enfrentar grupos ilegales altamente consolidados. El narcotráfico ha logrado una fuerte penetración de las fuerzas policiales locales –un caso paradigmático ha sido el arresto de los 730 miembros de la policía en Nuevo Laredo en junio de 2005– y también federales, de las cuales 284 miembros fueron expulsados por el Presidente Calderón en el último año. El comportamiento de las fuerzas armadas en el combate al narcotráfico ha sido criticado por la forma en que sus miembros, especialmente entrenados para esa tarea por el Pentágono a finales de los 1990, –conocido como GAFE, Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales– se han visto involucrados en casos de sobornos, prácticas de tortura, o peor aún, haber formado las temidas fuerzas de choque del Cartel del Golfo, los Zetas (5). Mientras tanto, las comunidades locales han tolerado y protegido la presencia de estos grupos ilegales, y se han enriquecido ilícitamente con la oferta de servicios ocasionales, como transporte, financiación o soporte logístico (6). Por su parte, los carteles de la droga se han diversificado en otras actividades, especialmente en el contrabando de armas y personas hacia EE UU, y en el lavado de dinero.

La progresiva corrupción de las fuerzas policiales y las instituciones políticas, acompañada por un marcado empeoramiento de las condiciones de seguridad de los ciudadanos, puede ser también detectada en las regiones fronterizas de Guatemala, zona de paso de la cocaína proveniente de Colombia hacia México. Un mapa hecho recientemente sobre la violencia en el país, realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) muestra una concentración de altas tasas de asesinatos en la zona noreste del país, en el Atlántico y el sur, así como una relación inversa entre violencia y pobreza; en otras palabras, las zonas pobres indígenas de la zona montañosa son las menos violentas del país. El municipio con la tasa de criminalidad más alta –una sorprendente tasa de 202 asesinatos cada 100.000 habitantes– fue San Benito, en la zona semitropical y escasamente poblada en la provincia del Petén, en la frontera con Belice y México (7).

Conjuntamente con los otros países fronterizos en el borde oriental y la zona costera, la zona del Petén es una de las rutas favoritas para el tráfico de cocaína y migrantes ilegales (8), y ha sido asociada con el contrabando de niños, actividad a la que se supone las autoridades locales apoyan tácitamente (9). La pobre infraestructura de comunicación y el estatus periférico de la región, una característica que comparte con otras zonas próximas al Atlántico en América Central (particularmente Honduras y Nicaragua), permiten más fácilmente a los grupos ilegales corromper a las aisladas y empobrecidas fuerzas policiales locales. La apropiación ilegal de tierras por parte de esos grupos ha aumentado exponencialmente: hay actualmente 565 disputas legales en el noreste del país según un informe reciente del Procurador de Derechos Humanos, muchas de ellas derivadas de las apropiaciones realizadas por las bandas de narcotraficantes (10). Los debates recientes en el parlamento guatemalteco han hecho hincapié en la necesidad de compensar las purgas realizadas en las fuerzas policiales en el Petén con la presencia de fuerzas militares, aunque los grupos de derechos humanos han planteado sus reservas sobre la necesidad de expandir la presencia de las fuerzas armadas en tareas policiales.

Las fronteras colombianas siguen siendo las más turbulentas, marcadas por la fuerte presencia de grupos ilegales y la ausencia de la autoridad estatal. El control territorial de los grupos paramilitares, las FARC o el ENL, principalmente en la frontera con Venezuela y Ecuador, ha permitido el desarrollo estable del cultivo de coca, a pesar de los esfuerzos de fumigación y los intentos de debilitar a los grupos ilegales. Uno de los efectos de la política de fumigación patrocinada con fondos estadounidenses a través del Plan Colombia, ha sido el traslado de los cultivos de coca hacia zonas remotas junto a la frontera con Ecuador, la región amazónica y el borde noreste lindante con Venezuela (11). La sostenida ofensiva contrainsurgente del Presidente Álvaro Uribe ha forzado la producción hacia las zonas de más difícil acceso –lugares en los que los cultivos alternativos lícitos tiene poca viabilidad económica debido a los altos costos de transporte– donde los narcotraficantes alcanzan mejores condiciones, a través de fronteras porosas, para el tráfico de drogas (hacia el Pacífico, vía Ecuador y Perú, por ejemplo), contrabando de fondos ilegales o el establecimiento de zonas seguras (12).

La dinámica descripta ha sido el telón de fondo de la crisis diplomática desatada en marzo entre Colombia, Ecuador y Venezuela. La hostilidad diplomática y los anuncios de movilización militar venezolanos que siguieron al ataque del ejército colombiano a las fuerzas de las FARC estacionadas del lado ecuatoriano en la zona cercana al río Putumayo, debe ser en parte interpretada como la primera manifestación en América Latina de un proceso conflictivo entre Estados, con un sesgo ideológico marcado, entre la Alianza Bolivariana y Colombia como principal aliado de los EE UU.

No obstante, esta lectura de la crisis, que se manifestó en la marcada división en el debate en la OEA del 17 de marzo (13), no debe oscurecer el proceso subyacente de un persistente proceso de debilitamiento del control estatal sobre las zonas fronterizas más remotas, y la consecuente presencia de grupos armadas y bandas criminales. Los masivos desplazamientos forzados provocados por esta realidad (se estima que entre 250.000 a 500. 000 colombianos han sido forzados a abandonar sus hogares y dirigirse a Ecuador, mientras que otros 500.000 residían en Venezuela en 2005, según cifras oficiales) (14), y las evidentes limitaciones para controlar los 700 kilómetros de frontera, debilitan cualquier manifestación de efectiva y real soberanía.

Para el gobierno colombiano, estos territorios están sujetos a una estrategia de seguridad transnacional basada en una política de contra-terrorismo y de lucha al narcotráfico. Por su parte, para el Presidente Rafael Correa de Ecuador, la estrategia contrainsurgente colombiana significa el desplazamiento de lo que es esencialmente un conflicto interno hacia las tres provincias fronterizas ecuatorianas, transformándolas así entre las más violentas del país y volviéndolas “víctimas del conflicto colombiano” (15), y de la “falta de respeto” de Uribe por sus países vecinos. Más allá de las fronteras colombianas, la Amazonia brasileña se caracteriza también por su escasa densidad poblacional y la débil presencia estatal. Un buen ejemplo de esta realidad lo representa la antigua colonia holandesa de Surinam, por donde pasan las drogas que son transportadas desde Brasil en camino hacia África occidental o Europa (el 15 por ciento de la cocaína colombiana transita por esta ruta).

La región fronteriza carece prácticamente de control policial y las fuerzas de seguridad, así como las autoridades políticas de Surinam –incluido el antiguo líder militar Denis Bouterse (16) – están sospechadas de estar involucradas en las redes de contrabando mencionadas. Debido a esta situación, las autoridades holandesas controlan celosamente a los viajeros provenientes de ese país; 600 pasajeros que venían de ese destino fueron arrestados en 2007. En el Caribe, mientras tanto, los 360 kilómetros de frontera que Haití comparte con Republica Dominicana también han sido señalados por su particularmente débil sistema de control, a través de los cuales las organizaciones ilegales trafican drogas, armas, dinero y personas, incluidos niños, con el apoyo solapado de las autoridades dominicanas y hombres de negocios (17). La creación en el último año de una nueva fuerza policial para el control fronterizo, denominada Cesfront, ha provocado la deportación masiva (10.000 personas entre septiembre y noviembre de 2007) aunque de una forma arbitraria y de modo sumario.

Por último, el lugar más famoso por sus actividades de lavado de dinero, proliferación de bandas armadas y contrabando de bienes, ya sean originales o falsificados, sigue siendo Ciudad del Este, en el lado paraguayo de la triple frontera con Brasil y Argentina. Más allá del movimiento de bienes y drogas –a cargo especialmente de un ejército de desposeídos que transitan a pie el Puente Internacional de la Amistad en dirección a Brasil– la ciudad es considerada por los servicios de inteligencia argentinos y estadounidenses como un sitio de residencia de células jidahistas, protegidas por la importante comunidad empresaria siria y libanesa, y base de operaciones para el desarrollo de actividades de recaudación de fondos para varias causas islamistas (18).

De acuerdo con estas sospechas, desde esa ciudad, las células terroristas planearon el ataque a la Embajada israelí en Buenos Aires en 1992 y a la mutual de ayuda judía, AMIA, en 1994. La comunidad árabe local ha negado insistentemente esas acusaciones, pero no hay duda de que la ciudad goza de un estatus especial, inmune a la legalidad normal, en gran parte debido a su importante papel en la economía paraguaya (19) y a sus relaciones con el establishment político. Tales circunstancias se ajustan bien al paradigma de las amenazas emergentes, como ha sido definido por la Declaración de Quito de 2004.

La economía de la frontera: Factores de crecimiento y consolidación

En ciertos aspectos, las zonas fronterizas descriptas anteriormente son la herencia del desarrollo de Estados centralistas que han mantenido un débil control en las periferias. Son, en palabras de Guillermo O´Donnell, las “áreas marrones” de América Latina. “El Estado burocrático puede estar presente en la forma de edificios y agentes públicos financiados por el presupuesto nacional, pero la legalidad estatal está ausente: cualquiera sea el sistema de normas existente es aplicado intermitentemente, en el mejor de los casos” (20).

La corrosión de las instituciones conforma precisamente la condición primaria a partir de la cual emerge la economía de la frontera antes descripta. El contrabando, apoyado tácitamente por las autoridades, ha sido una práctica tradicional en regiones como la Guajira colombiana, el norte de Santander o el Putumayo en el mismo país, así como la frontera norte de México o la Ciudad del Este en Paraguay. Esta situación ha llegado a extremos en la Guajira donde la población se ha manifestado por su “derecho” a contrabandear (21). Estas regiones han sido también testigos de masivos flujos migratorios. Sea en México, Guatemala, Colombia o Paraguay es evidente que la riqueza lícita e ilícita generada en las fronteras se ha incrementado fuertemente en un contexto marcado por el desarrollo de estructuras de autoridad paralelas, crecientes niveles de violencia y de flujos de personas desplazadas. Las condiciones económicas cambiantes (sea el descenso de las tarifas de importación o la variación de los tipos de cambio) y la conexión a circuitos comerciales regionales y globales ha introducido definitivamente a esas regiones en el novedoso circuito de la economías estimuladas por el narcotráfico y el lavado de dinero, a menudo asociadas con partes del territorio en manos de grupos armados ilegales.

Un elemento central de la expansión y consolidación de la economía política de las fronteras es la progresiva consolidación de grupos armados y redes criminales. La tradición de las prácticas económicas no del todo legales estimula y es estimulada por instituciones estatales vacías, tal como las describe O´Donnell. Pero es la transformación y optimización de estas redes de contrabando a través de regiones sin presencia estatal (Colombia) o municipalidades cooptadas por mafias (Guatemala, México), ambas firmemente ligadas a circuitos económicos internacionales, que conforman el sistema económico de las fronteras. En este sentido, es interesante señalar la gran capacidad de diversificación de estas nuevas corporaciones delictivas y su destreza para ajustar sus sistemas logísticos a cualquier bien cuyo comercio sea prohibido. Las fronteras son así “lugares de explotación y de oportunidades” (22), en la que los bienes provenientes de otros países pueden ser transportados a través de las fronteras políticas con la complacencia de los hombres de negocios locales. Ilustra este punto el hecho de que los carteles de la droga mexicana controlan la oferta en EE UU siendo meros intermediarios del tráfico (23). De la misma forma, la fuente de la riqueza de Ciudad del Este reside en su actividad de intermediación entre Brasil y el mercado global (o falsamente global).

Las operaciones de trueque que caracterizan a esta economía transfronteriza que opera en las sombras puede ser interpretada a la vez como una alternativa y como un reflejo del avance de las ideas liberales, incluido el libre comercio, la intervención mínima del Estado y la gobernanza. De acuerdo con el politólogo Mark Duffield, “el despliegue de las redes informales de comercio internacional originadas en el Sur son el equivalente de los sistemas económicos regionales que se han consolidado en el Norte” (24). En esta perspectiva, los circuitos ilegales de mercancías y narcóticos suponen mecanismos de supervivencia para los excluidos y un nuevo modelo de economía política y organización económica que se ajusta a las reglas de la economía de libre mercado y al discurso del Estado mínimo: estos procesos pueden ser vistos como la representación de una “transformación social” (25) sustantiva. Desde otro punto de vista, para muchos criminólogos, la captura de la globalización por facciones dentro de Estados débiles o fallidos –especialmente a través de la privatización de activos públicos o la malversación de los flujos de capitales– ha provocado la emergencia de una moderna mafia global, establecida en áreas fronterizas o espacios off-shore del circuito económico internacional (26).

A pesar de las diferencias en el énfasis y las respuestas políticas asociadas, hay un acuerdo marcado en el hecho de que los grupos asociados al delito se han beneficiado con el debilitamiento de los Estados ocurrido a partir de los 1980. Estos actores han establecido novedosos e ilegales esquemas de control de circuitos comerciales y rutas de contrabando, creando en el proceso nuevas estructuras de autoridad paralelas y nuevos modos de ciudadanía. Las milicias armadas, las bandas, los señores de la guerra y los jóvenes pandilleros son epifenómenos de un mismo proceso, y aunque la violencia no es necesaria en estos mecanismos no estatales de autoridad, la ausencia de un claro monopolio de la violencia legítima del Estado – lo que algunos denominan el nuevo medioevo– (27) tenderá, en un contexto de mayor presencia de armas, a generar todo tipo de conflictos. En este sentido, la tasa de homicidios en los países caribeños y en América Central, entre las más altas del mundo, son indicadores de una correlación entre la densidad del tráfico ilegal y la violencia crónica.

Un segundo factor importante, de especial relevancia para el caso colombiano, es el papel desempeñado por la estrategia contrainsurgente en la reconfiguración de las fronteras económicas y sus ramificaciones transfronterizas. A diferencia de los otros casos analizados, las fronteras de Colombia son lugares de producción –basado en comunidades cuyo modo de subsistencia está asociado al cultivo de coca– y punto de oferta que alimentan a las redes del narcotráfico, a menudo asociadas con grupos armados (FARC, ELN o paramilitares) (28). La ofensiva legal y militar sostenida por el Presidente Uribe ha debilitado sustancialmente a estos grupos, aunque no ha logrado reducir el área destinada al cultivo de coca; como se mencionó más arriba, los cultivos se han desplazado a zonas más inhóspitas, especialmente en Putumayo, Orinoquía, la región del Amazonas, y la Sierra Nevada de Santa María (29), con el resultado de que esos sistemas productivos, en los que están involucrados campesinos, organizaciones ilegales y actores armados, se han vuelto cada vez más difíciles de desmantelar. De acuerdo a un estudio, “en estas áreas sólo las actividades ilegales son redituables más allá de un nivel de subsistencia” (30).

Como se hizo evidente con los episodios relacionados con la incursión militar colombiana en Ecuador, la débil presencia de una real y “positiva” soberanía en las zonas fronterizas ha sido compensada por una fuerte represión militar, o por intentos de control sobre grupos armados a través del dialogo en nombre de un esquema clásico de prevención de conflictos. La ofensiva militar colombiana ha desplazado a actores y procesos de las redes operantes –facciones armadas, producción y circuitos de lavado de dinero– a través de las fronteras; la fumigación de los cultivos en las zonas fronterizas y los raid aéreos buscan acorralar a los actores que se repliegan (31). Después del ataque del primero de marzo, las mutuas acusaciones entre Colombia, Ecuador y Venezuela se centraron en las evidencias –mucha de las cuales surgieron de los ordenadores obtenidos en el campamento de Raúl Reyes– de complicidad entre las fuerzas irregulares y los países vecinos, incluyendo supuestos apoyos financieros de Chávez (32), especialmente el logístico instrumentado por su jefe de inteligencia militar Hugo Carvajal (33).

Los líderes de Ecuador y Venezuela respondieron con insultos y recordaron los lazos que se presume el propio Presidente Uribe mantiene con las fuerzas paramilitares (34). La globalización liberal y los movimientos a través de las fronteras han sido elementos fundamentales en la consolidación y ampliación de las redes de tráfico afincadas en las zonas fronterizas. La complicidad mencionada anteriormente entre los actores estatales y los no estatales para realizar operaciones ilegales en zonas fronterizas de bajo control estatal hace necesario observar con detenimiento la relación entre criminalidad, mercado y Estado.

Numerosos ejemplos demuestran que no hay claras distinciones entre crimen y legalidad en América Latina. Diversos testimonios e investigaciones indican que muchas veces las actividades “criminales” se encuentran camufladas en operaciones económicas legales; por ejemplo, en Brasil el comercio de carbón, frutas, muebles o carne congelada ha servido como tapadera para el tráfico de drogas (35). Las drogas y otros bienes pueden ser muy bien mimetizados en un tráfico de bienes que representa unos 900 millones de dólares diarios entre México y EE UU (36) o en el creciente comercio entre Venezuela y Colombia (37). En Ciudad del Este, también, la distinción entre bienes legales e ilegales es constantemente puesta en duda por las actividades realizadas por muchas empresas. La comunidad de negocios en la dinámica frontera entre México y EE UU –donde un gran número de desarrollos urbanos e industriales transfronterizos están siendo planificados– no parecen reacios a aplicar la misma violencia de los carteles de la droga en sus intentos de apoderarse de tierras, con el apoyo tácito de las fuerzas policiales locales (38).

La complicidad entre las fuerzas de seguridad y las redes de narcotráfico es aún más notoria. El caso de los grupos comando Zeta pertenecientes al Cartel del Golfo, constituidos por antiguos veteranos de los escuadrones policiales entrenados por el Pentágono, no es una mera curiosidad. En varios países latinoamericanos, los miembros de las fuerzas de seguridad y de la justicia –muchos de ellos partícipes de las tareas represivas acaecidas durante la Guerra Fría bajo el manto de la doctrina de la Seguridad Nacional– han tolerado, apoyado o participado en actividades criminales. Un caso notable ha sido el Departamento de Operaciones Antinarcóticos en Guatemala (disuelto en 2002), especialmente su brazo militar, los kaibiles, (mucho de los cuales se pasaron a los carteles de la droga después de la reducción de personal acaecida al finalizar la etapa más dura de la lucha contra-insurgente) y ahora las fuerzas policiales, sometidas a purgas regulares. En términos de patrullas fronterizas, es instructivo que el cartel guatemalteco más importante con contactos gubernamentales, el llamado Grupo Salvavidas, se conformó con antiguos oficiales aduaneros. Por su parte, las fuerzas policiales en Brasil, Argentina, Honduras y El Salvador (especialmente después de la finalización de la guerra civil) han estado relacionados con asesinatos extra-judiciales y numerosas asociaciones ilícitas.

Conclusiones: Seguridad Hemisférica y Estados soberanos

La permeabilidad de las fuerzas policiales, militares y judiciales a la corrupción y la cooptación ejercida por las asociaciones ilícitas pone en duda la eficacia de las políticas que buscan reducir el tráfico transfronterizo ilegal con medidas policiales más duras u otorgando poderes especiales a las fuerzas amadas. No obstante, la combinación de grupos armados y redes del narcotráfico operando en las porosas fronteras latinoamericanas ha provocado una intensa preocupación respecto de que aquellas zonas que se han vuelto el nudo focal de las organizaciones ilegales y poderes no estatales, provocando inestabilidad, malestar institucional y violencia civil de un país al otro vecino.

Existe una concepción de que estas “amenazas” hemisféricas pueden estar anidando y consolidándose en las zonas fronterizas y que requieren la cooperación regional en un conjunto de cuestiones de seguridad específicas. Esta visión fue cristalizada en la defensa hecha por Colombia y las autoridades estadounidenses en la reunión de la OEA a propósito de la incursión militar contra el campamento de las FARC en Ecuador. Este enfoque, también suscripto oficialmente por los ministros de Defensa en la reunión de Quito (2004), yace en el corazón de la estrategia del Comando Sur, cuyo horizonte es el año 2016 y en la cual se acentúa el factor perturbador que suponen las milicias y los grupos armados que “no están restringidos dentro de las fronteras nacionales. Se mimetizan, sigue el documento, en la población y la aterrorizan, beneficiándose de la nula o escasa presencia del poder político observada en diferentes partes del hemisferio”. El texto sostiene una perspectiva de cooperación regional creciente con el objeto de crear “un contexto de seguridad hemisférica inclusivo y beneficioso para todos”.

Para los gobiernos de Ecuador y Venezuela, con el apoyo de casi todos los países de América Latina, estas amenazas hemisféricas no pueden justificar el debilitamiento de los derechos soberanos de los países sobre sus territorios. Según estos países, Colombia, al invocar la responsabilidad mutua para responder a las amenazas comunes, mientras refuerza su estrategia militarista, no ha hecho más que expandir a otros países un problema de seguridad interno.

Las políticas de seguridad y la dinámica económica que fuerzan a los grupos armados y las bandas criminales hacia las zonas fronterizas causan inestabilidad, y crean confusión en cuanto a las responsabilidades de cada Estado en las fronteras compartidas. En síntesis, se intensifican las amenazas a la soberanía y dificulta la cooperación internacional cuando ésta se hace más necesaria. Sin embargo, las señales de una creciente apuesta por los liderazgos militares en la política de EE UU hacia América Latina –observados en los documentos estratégicos del Comando Sur, el apoyo a la Iniciativa Mérida, en la creciente participación del Pentágono en la ayuda miliar y el reciente despliegue de la Cuarta Flota– sugieren movimientos concertados para dar mayor sustancia a las insistencias de Washington para el refuerzo del sistema de seguridad hemisférico.

Las bondades de esta perspectiva para enfrentar los problemas latinoamericanos en sus regiones fronterizas son altamente cuestionables. La cooperación fronteriza entre Colombia y Venezuela, y entre Colombia y Ecuador, ha sido suspendida desde el ataque del 1 de marzo. Las organizaciones multilaterales como la OEA o la reciente iniciativa brasileña para el Consejo de Seguridad Sudamericano, deben desempeñar un papel importante en la reparación de un consenso transnacional sobre seguridad regional.

¿Pero cómo deberían proceder y ser implementadas las políticas de seguridad en áreas donde la inestabilidad y la violencia se desplazan de un lugar a otro de las fronteras? ¿Cuál debe ser el papel de las principales potencias regionales, especialmente México y Brasil, cuando los gobiernos de esos países tienen un especial interés político en debilitar a las organizaciones criminales internas, especialmente en áreas estratégicas como la Amazonia brasileña? ¿Y cuál es la participación que se debe dar a los miembros de las comunidades fronterizas que son los más afectados por la débil presencia estatal y la proliferación de grupos ilegales que ejercen un poder paralelo?

Es evidente que los intentos de imponer una concepción militarista de la seguridad con el objeto de blindar las fronteras o eliminar las redes criminales podría producir beneficios inmediatos, especialmente si se aplica a una zona específica con el objetivo de eliminar a los grupos armados y restituir las instituciones públicas; es por ello que esa perspectiva puede ser una fuerte tentación para los lideres latinoamericanos. Sin embargo, en un contexto de flujos económicos, legales e ilegales, altamente lucrativos, y con diversas organizaciones compitiendo por el control de las transacciones, ¿es realmente posible utilizar fuerzas policiales de manera exitosa para impedir el tráfico ilegal? Tales intervenciones han provocado en Colombia, México y América Central el agravamiento de los desplazamientos forzados de poblaciones y generado mayor vulnerabilidad institucional lo que en el largo plazo debilita la capacidad de los Estados para controlar las zonas fronterizas. En ausencia de un esfuerzo sustancial para fortalecer las instituciones y organizaciones no relacionadas directamente con la seguridad, las políticas militaristas pueden ser efectivas para eliminar determinado hombre fuerte o facciones de grupos armados, pero se corre el riesgo de reproducir la misma problemática y volver al punto de partida no bien la ofensiva militar se debilite.

Notas:

1 Debe agregarse que la disputa de Argentina con Gran Bretaña por las Islas Malvinas/Falklands puede ser analizada como un conflicto fronterizo, dado que Argentina sostiene que las islas son parte de su plataforma continental. Además, una disputa marítima entre Surinam y Guayana fue solucionada por un arbitraje de Naciones Unidas en 2007.

2 Sexta Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas (2004), Declaración de Quito, pag.3.

3 “Body count mounts as the drug cartels battle each other and the police” (Los cuerpos se amontonan mientras los carteles de la droga combaten entre si y con la policía) The Guardian 27/05/08

4 “Se estima que el 90 por ciento de la cocaína consumida en EE UU en 2006 fue introducida desde México. International Crisis Group (2008), Latin American Drugs I: Losing the Fight, p. 23.

5 Freeman, L. (2008), “La política antidrogas en la relación México-Estados Unidos”, Foreign Affairs en Español vol 8:1, pp 16-17

6 “La difusión del negocio de la droga dentro de la vida económica local y global es muy difícil de comprender, mucho menos combatir” Naim, M. (2005), Illicit, New Cork: Anchor, p.67.

7 PNUD (2007), Informe estadístico de la violencia en Guatemala, Guatemala, p.27

8 Sin embargo, la principal ruta de migración ilegal hacia México es a través del río Suchiate en dirección a Tapachula, en la frontera sudoccidental de México. La mayoría de los inmigrantes que toman esta ruta provienen de Guatemala, Honduras, El Salvador y Colombia, aunque también han sido detectados somalíes, etíopes y sudaneses. UNHCR-ACNUR (2006), Refview, no.4 pp 16-17.

9 “Alarma a Iglesia Católica ingobernabilidad en Petén”. Prensa Libre, 31/07/2007.

10 Comisión de Derechos Humanos de Guatemala, Informe Semanal, 28/03/2008 a 03/04/2008.

11 Para ver la movilidad de los cultivos y la producción, ver Washington Office on Latin America (2008), “Chemical Reactions. Fumigation: Spreading Coca and Threatening Colombia´s Ecological and Cultural Diversity”, Washington DC, p.22.

12 Ver ICG, op.cit, pp 6-10; Reyes, A., Thoumi, F.E.& Duica, L. (2006), “El Narcotráfico en las Relaciones Fronterizas de Colombia” Centro de Estudios y Observatorio de Drogas y Delito. Universidad de Rosario: Bogotá, p. 10.

13 Ver la Resolución en Http://scm.oas.org/doc_public/ENGLISH/HIST_08/RC00107E06.DOC , especialmente las reservas hechas por Estados Unidos.

14 Refwiew, op.cit., p.8; “El ballenato en la maleta” BBC Mundo online, 21/07/2006.

15 Entrevista con Rafael Correa. Castillo, G., “Mis manos están limpias y sin sangre, algo que Uribe no puede decir”. Público 18/04/2008.

16 “Cocaine traffickers develop new routes from Brazil” (Los traficantes de cocaine abren nuevas rutas desde Brasil) Jane´s Intelligence Review 01/01/2006.http://www.laprensa.com.bo/noticias/21-07-08/21_07_08_poli6.php

19 Se estima que la economía informal representa el 50 por ciento del PIB paraguayo. “Glimmer of success in Paraguay´s corruption battle, “The Financial Times 15/08/2006.

20 O´Donnell, G., (2004), “Why the Rule of Law Matters”, Journal of Democracy, vol 15:4, pp 32-47

21 Reyes et al, op,cit., p.82

22 Gookhand, J. (2006) Aiding Peace? The Role of NGOs in Armed Conflict, ITDG Publishing: Rugby, p.61.

23 ICG, op.cit., p. 24.

24 Duffield. M. (2001), Global Governance and the New Wars, Zed Books: London, p.145.

25 Ibid, p.140.

26 Gros. J.g. (2003), “Trouble in Paradise. Crime and Collapsed States in the Age of Globalization” The British Journal of Criminology 43:1, pp 63-80

27 Rapley, J (2006), “The New Middles Ages,” Foreign Affairs, Mayo/Junio.

28 Fuentes de inteligencia estiman que el 50 por ciento de la producción de coca se realiza en territorios controlados por las FARC (Internacional Crisis Group (2008), “Colombia: Making Military Progress Pay off ”, p.8) lo que representa , en base a datos revelados por el US Narcotics Control Strategy Report de 2006, 75.000 hectáreas.

29 Una gran parte del estimado 61por ciento de crecimiento de la producción de coca está concentrado en esas zonas fronterizas de acuerdo a las Naciones Unidas. Ver WOLA, op.cit, p.22.

30 Reyes et al, op.cit. pp 63-64.

31 Además de desafiar a Colombia por sus ataques en el seno de la Organización de Estados Americanos (cuyo resultado fue el “rechazo” del ataque por parte de los ministros de Asuntos Exteriores el 17 de marzo) Ecuador ha llevado la disputa por la fumigación de cosechas por parte de Colombia a la Corte Internacional de Justicia en La Haya.

32 Ver “Los papeles de las FARC acusan a Chávez”, El País 10/05/2008

33 Revista Semana, “El Montesinos de Chávez”, 02/02/2008

34 Castillo, G., op. cit.

35 “Cocaine traffickers develop new routes from Brazil” (Los traficantes de cocaine abren nuevas rutas desde Brasil) op.cit.

36 ICG (2008), Latin American Drugs I, p.26.

37 Las exportaciones de Colombia hacia Venezuela (el segundo socio comercial del país) subieron un 31 por ciento en el primer trimestre de 2008, a pesar del cierre de la frontera decretado después de la incursión militar colombiana que duro cinco días. “Suben un 31por ciento compras de Venezuela a Colombia”, El Universal 15/04/2008

38 Paterson, K. (2008) “Border Land Battle Pits Development against Human Rights,” Americas Policy Program Report, Washington DC: Center for International Policy.

MITOS Y REALIDADES DE LA INTEGRACIÓN LATINOAMERICANA


Marta Lagos y Daniel Zovatto

La ruta de la integración

Así como el advenimiento de la democracia ha supuesto la igualdad de las personas dentro de los pueblos, la globalización ha traído consigo la demanda de igualdad entre los países. El reconocimiento universal de la igualdad y la autodeterminación de los pueblos es algo relativamente nuevo en el concierto de las naciones.

No cabe duda de que la guerra de Irak marcará un antes y un después, como uno de los últimos intentos de una potencia, o alianza de potencias, de imponer su estilo de vida en otra parte del mundo. Hoy, los países ricos tienen el compromiso de ayudar a los que se encuentran en vías de desarrollo, a los más pobres. Asimismo, los cada día más amplios tratados internacionales reconocen la igualdad de los derechos de los pueblos y, de manera progresiva, las grandes potencias los aceptan y cumplen. Ello no significa que las desigualdades entre los pueblos no sean aún enormes y que no quede un largo camino por recorrer, sobre todo en lo que respecta a los grandes privilegios que ostentan los países más ricos en el comercio global; aún subsisten importantes barreras para que ingresen a éstos los productos de los más pobres. Un estudio reciente realizado en los países del primer mundo y publicado por The Financial Times revela hasta dónde los ciudadanos temen que la competencia con el mundo y la globalización los perjudique, quedando en evidencia las barreras y sus consecuencias.

Pese a los esfuerzos emprendidos desde la década de 1950, América Latina no ha logrado avanzar en la creación de vínculos duraderos. En efecto, ya desde hace mucho diversos estudios han mostrado las iniciativas de integración latinoamericana. En un informe publicado en Revista Nueva Sociedad (núm. 113, mayo-junio de 1991, pp. 60-65), Gert Rosenthal identificó tres etapas en este proceso de integración: la voluntarista, de la década de los cincuenta a la primera mitad de la de los setenta; la revisionista, de la segunda mitad de los setenta hacia finales de los ochenta, y la pragmática, cuyos parámetros centrales empezaron a advertirse a partir de los últimos años de los ochenta e inicios de los noventa. Ello en cuanto a América Latina. En cambio, a Europa sólo le llevó tres décadas para consolidar la alianza más poderosa de la historia que en un principio creó, a partir de seis países unidos por un motivo específico, una comunidad de naciones para reforzar acuerdos comerciales y que llegó a fundar lo que hoy es la Unión Europea, con una moneda en común. ¿Por qué Europa logró progresar tanto y en un periodo tan corto, mientras que América Latina se ha estancado? Este estancamiento no puede atribuirse meramente a guerras o conflictos entre países, ya que es difícil encontrar una región donde se hayan producido más guerras que en Europa, donde los enfrentamientos culminaron en la Segunda Guerra Mundial. ¿Es, acaso, la magnitud y la intensidad de las guerras lo que llevó a los pueblos europeos a su mayor periodo de paz y prosperidad en los últimos 60 años?

América Latina no ha padecido directamente esas conflagraciones, pero sí ha pasado por guerras civiles, dictaduras largas y opresoras, y condiciones de hambre y pobreza que han marcado su desarrollo político y económico todavía a finales del siglo XX. Hace 29 años comienza el proceso de transición que trae de vuelta la democracia a los países latinoamericanos, excepto Cuba. Se instala la democracia y permanece a pesar de las necesidades insatisfechas y las expectativas incumplidas. Latinobarómetro (LB) observa rigidez en el apoyo a este sistema de gobierno (informes de 1995 a 2006), que no se desmantela pese a los malos augurios de muchos dirigentes y analistas de la región, y a pesar de los escuálidos avances en la lucha contra las desigualdades en muchos países latinoamericanos.

Con más de 500 millones de habitantes, y por primera vez con un crecimiento sostenido durante un cuatrienio, América Latina empieza a ser un continente de oportunidades comerciales. La pregunta que surge es por qué, en estas circunstancias, el proceso de integración pasa por un mal momento.

Los datos recién publicados en el informe de LB-CAF, Oportunidades de cooperación regional: integración y energía (LB 2006), ponen de relieve tanto mitos como realidades presentes en el proceso de la integración latinoamericana, que aclaran algunas interrogantes.

Sin amistad

El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, manifestó en abril de 2007 en Santiago de Chile al presentar esos datos que, en efecto, "no es necesario" que los pueblos sean amigos para integrarse; no se puede culpar a los grados de amistad por el retraso en los procesos de integración. En los albores de su proceso integrador, entre los pueblos de Europa no había una relación amistosa, pero la iniciaron a partir de su voluntad de integrarse. En América Latina los pueblos tampoco son amigos en el presente; es más, el grado de amistad entre los países de la región parece haberse debilitado durante el proceso de consolidación democrática.

En primer lugar, se constatan mayores grados de amistad entre países que geográficamente están más distantes que entre aquéllos que comparten fronteras. En segundo, observamos que su amistad es mayor con los más grandes. Por lo tanto, el tamaño y la ubicación de un país son indicadores de la simpatía que se tiene por él. En tercer lugar, comprobamos que en lo que va de esta década la manifestación de amistad o simpatía se torna más volátil; es decir, el orden y los componentes de los países que figuran en la lista cambian de un año al otro.

En la medición de 2006 disminuye el número de países más amigos, a diferencia de la de 1998 (cuando se realizó por primera vez). En aquel entonces Brasil, Venezuela, Argentina, México, Colombia, Chile y Perú obtuvieron esa calificación. Hoy sólo aparecen Brasil y Venezuela en primer lugar; Argentina en el segundo; Cuba en el tercero y México en el cuarto. Colombia, Perú y Chile ya no figuran en la categoría.

Por último, cabe indicar que la cantidad de gente que cree que los países son amigos es minoritaria (27%). La mayoría declara no saber cuál es el país amigo.

Esto revela los bajos índices de interacción y conocimiento en una zona que sufre de bajos niveles de infraestructura; a diferencia de Europa que, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, desarrolló una gran red de intercomunicación ferroviaria y de autopistas. Allí los canales de comunicación permitieron la integración mediante la interacción individual de los pueblos.

En América Latina, la deficiente interacción/interconexión regional se ve afectada, además y sobre todo, por sus altas tasas de pobreza que, junto a otras consecuencias, produce una ola de emigración entre los países fronterizos, como un nuevo fenómeno de las desigualdades. Los bajos niveles de amistad se manifiestan también como indicadores de pobreza y de desigualdad entre los pueblos.

Asimismo, se observa que en nuestra región no se practican políticas destinadas a limar las asperezas heredadas de los conflictos pasados, a diferencia de Europa, que desarrolló políticas de interacción para promover el acercamiento y el conocimiento entre sus pueblos. Más aún, tampoco existen políticas específicas de emigración, que ocurre de manera espontánea, y cada país exhibe una reacción ad hoc.

A nadie debe sorprender que la emigración genere los mayores impulsos de integración y de amistad; ella trae consigo el conocimiento de las tradiciones de los pueblos que emigran: su comida, su música y otros productos culturales.

Actitud favorable a la integración económica

En la presente década, la inmensa mayoría de los pueblos latinoamericanos tiene una actitud de apoyo consistente y permanente hacia la inversión extranjera y la integración económica.

En preguntas específicas sobre los contenidos de la integración, la actitud de la mayoría es positiva. La disposición entre países hacia la movilidad laboral (75%), de capitales (73%) y de bienes y servicios (71%) muestra una gran apertura hacia el exterior, que no va aparejada con políticas proactivas de cada cual.

El impacto que la gente percibe que la integración puede tener en sus vidas es también mayoritariamente positivo; más de la mitad de los pueblos de la región ve un impacto positivo sobre los productos, la tecnología, las oportunidades de trabajo, etcétera.

La imagen de las potencias

La imagen de las potencias mundiales en América Latina es también mayoritariamente positiva, así como la disposición de sus ciudadanos hacia una apertura al mundo.

Existe una importante percepción de amistad entre América Latina y las demás regiones. Estados Unidos conserva su lugar como mejor amigo de América Latina, pese a haber disminuido su presencia de 32 a 25%. España se sitúa en segundo lugar, con un aumento de 6 a 8%. Japón aparece en tercer lugar con 3%. Al mismo tiempo, aumenta el número de quienes no responden a esta pregunta (de 22 a 33%), indicando que en América Latina existe la percepción de que en la actualidad se cuenta con menos amigos que hace ocho años. Estados Unidos (con 15%) se identifica también como el país menos amigo de la región, seguido de Cuba, Venezuela, Chile y Argentina. Como bien sabemos, los negativos de imagen siempre acompañan a los positivos. ¿América Latina se ha quedado sola, sin amigos dentro y fuera de la región? ¿Nos ha invadido la soledad, como señaló Octavio Paz?

No hay que confundirse con respecto a la opinión sobre Estados Unidos, que se ha mantenido en toda la década en niveles altos. Su mejor momento se situó en 2001 (ataques terroristas del 11-S) con 73% y el peor en 2003, con 60%. La mejor opinión de los Estados Unidos la tienen los dominicanos y los panameños (con 93 y 90%, respectivamente) y la peor los venezolanos y los argentinos (con 30 y 20%, respectivamente). Muchas veces se confunde la opinión sobre ese país con el juicio político acerca de sus gobiernos. Está claro que los datos muestran un impacto de sus acontecimientos políticos en la opinión de los latinoamericanos, pero es relativamente bajo; en total pierde sólo 7 puntos antes de los ataques, y 13 puntos en total en el periodo medido. Los acontecimientos de esta década no han cambiado sustancialmente las opiniones positivas hacia ese país. Lo contrario ocurrió con la opinión de las élites latinoamericanas. La imagen de Estados Unidos es robusta y resiste los vaivenes de la historia mucho más de lo que les gusta a quienes fijan las agendas o a los analistas políticos. Podría decirse que es bastante inelástica ante los errores de los gobiernos de esa potencia. En ello influye, por cierto, la cautivadora imagen del sueño americano, que vive en la mente de la gran mayoría de los habitantes de la región.

Por otra parte, la imagen de Estados Unidos muestra una fuerte segmentación geográfica en la región. Éste alcanza su mejor imagen en las naciones centroamericanas y Colombia, mientras la peor se encuentra en el Cono Sur. Panamá y El Salvador tienen una opinión neta (opinión negativa menos opinión positiva) más positiva, con 57 y 48%, respectivamente, mientras Venezuela y Argentina muestran una imagen neta más negativa, con -45 y -34%, respectivamente. Cabe señalar que sólo en Venezuela, Argentina, México, Bolivia y Brasil la imagen neta de Estados Unidos es negativa; en Uruguay registra cero mientras que en los 12 países restantes es positiva. El promedio regional tiene una imagen neta positiva de 10 por ciento.

En el análisis por país encontramos niveles de opinión positiva -- históricos según el desarrollo de las relaciones de cada nación latinoamericana con Estados Unidos -- que han sido impactados por las políticas locales hacia esa nación en particular y que no son objeto de este artículo. Un análisis singularizado concluiría que la desclasificación de información sobre las políticas aprobadas por Estados Unidos hacia algunos países de la región ha tenido más impacto en ellos que todo lo sucedido en lo que va de esta década.

Por eso mismo, los latinoamericanos prefieren a Estados Unidos como inversionista -- el primer lugar, con 24% de las preferencias -- , seguido por España con 8% y Japón con 7 por ciento.

Experiencia ante los conflictos

Los problemas empiezan a surgir cuando se desmenuzan las actitudes hacia temas específicos en los que los pueblos tienen larga experiencia. En América Latina, los recursos naturales han ido adquiriendo una importancia cada vez mayor, sobre todo debido al aumento significativo de sus precios. Pero ello también ha generado, sobre todo en relación con los recursos energéticos (petróleo y gas), que éstos se consideren desde una doble perspectiva: como una oportunidad para avanzar en materia de integración regional (similar al modelo europeo que arrancó hace 50 años sobre la matriz energética del carbón y del acero) y como una peligrosa fuente de conflictos entre los países de la región. Se observa así cómo las confianzas y actitudes positivas disminuyen a menos de la mitad cuando se consulta sobre la seguridad del suministro energético.

En efecto, los datos de LB de 2006 muestran una confianza limitada en los países exportadores de energía, que fluctúan entre 47% (la mayor) de Venezuela, a la que siguen México con 46%, Bolivia y Argentina con 42%, y Ecuador (la menor) con 40%. Pero, sin duda, el dato más relevante sobre este tema indica que 76% de los entrevistados manifiesta preocupación de que la competencia por la energía pueda conducir a mayores conflictos, inclusive a guerras entre los países de la región, más que a fortalecer la cooperación entre ellos.

En suma, no se han superado los viejos conflictos y los que están en ciernes, que traen consigo la escasez de suministros energéticos, hacen que las posibilidades de integración se retrasen y se hagan más difíciles.

Camino propio o solución conjunta

En el contexto descrito, no deja de llamar la atención que uno de cada tres latinoamericanos quiera encontrar una solución propia sin buscar acuerdos en conjunto.

Mientras 62% de los países prefiere buscar soluciones de conjunto a sus problemas, un nada despreciable 27% prefiere hacerlo individualmente. Argentina (74%) es el más proclive a buscar soluciones de conjunto. Chile, en el otro extremo, registra el porcentaje más bajo (54%), cosa que quizás refleja el autoaislamiento que durante los últimos años ha mantenido en el ámbito latinoamericano.

Sin embargo, la búsqueda del camino propio no es exclusiva de Chile. Bolivia registra el porcentaje más alto por esta preferencia con 38%, seguido por Ecuador, con 35%, Chile con 34% y México y Guatemala con 32 por ciento.

Como ya se señaló, una disposición positiva hacia los componentes de la integración económica no es suficiente para que la población se incline a la integración. Se requiere una capacidad de conducción que lleve a la opinión pública por el camino de los acuerdos para alcanzar esas metas. No es posible concretar esas disposiciones positivas sin acuerdos. En síntesis, no se alcanzan por la vía del camino propio.

La relación entre los países

Para continuar perfilando la complejidad de la opinión pública sin que nadie se equivoque al creer que actitudes y opiniones puedan conformar un conjunto coherente y correcto de expectativas y conocimientos, hay que observar la percepción que se tiene de la relación entre los países latinoamericanos.

Durante muchos años, la percepción de las buenas relaciones que cada uno cree mantener con los demás es muy alta, y no ha variado entre 1997 y 2006 pese a algunas fluctuaciones.

Consideraciones finales

La opinión de la ciudadanía sobre la integración latinoamericana oscila entre las ilusiones de prosperidad y la reticencia y desconfianza hacia sus propios vecinos, en un marco político que carece del liderazgo necesario para transitar por la vía de los acuerdos.

La desconfianza -- problema central de la región ampliamente notificado en los informes de LB desde 1995 -- afecta a las relaciones interpersonales, a las instituciones y a las posibilidades de integración. No en vano América Latina es la región más desconfiada del planeta, según los barómetros de opinión. Dicha desconfianza, junto con los débiles lazos de amistad y la falta de políticas públicas destinadas a limar las asperezas históricas, arrojan luces que permiten entender por qué la integración latinoamericana, pese a su discurso grandilocuente, apenas ha avanzado en los últimos 50 años. Al mismo tiempo, se enfrentan desafíos históricos y nuevos, arraigados en los valores de nuestra cultura y en las condiciones socioeconómicas de cada país, agravados por la coyuntura.

Sólo por citar un ejemplo: hasta el día de hoy, más que motor de integración, cooperación y amistad entre los pueblos (como en el caso europeo), la matriz energética ha despertado en la ciudadanía desconfianza, inseguridad y la preocupación de que genere mayores conflictos, a diferencia de Europa, donde fue uno de los elementos que condujo a la necesaria cooperación.

Por todo ello existe el riesgo considerable y real de que, al ver frustrados sus intentos de buscar soluciones conjuntas, los países latinoamericanos opten de manera gradual por encontrar respuestas individuales a sus problemas, condenando así a la región y a ellos mismos a volverse cada día más irrelevantes en el actual proceso de globalización.

Las altas expectativas de la población sobre la integración que muestran estos datos no son congruentes con las desconfianzas existentes en la región, ni tampoco con las opiniones de las élites que mandan los procesos. En otras palabras, la integración aparece como una ilusión de la opinión pública, por lo que los mismos pueblos no se dan cuenta que no basta con considerar que sería positiva, sino que cambian las actitudes básicas entre unos y otros. Las élites no hacen sino magnificar muchas veces estas inconsistencias que hacen impracticable la integración.

Desde el punto de vista de los procesos de consolidación de la democracia, parecería que las transformaciones culturales requeridas para ello en la región son las mismas que las necesarias para consolidar los procesos de integración.

CÓMO LOS BIOCOMBUSTIBLES PUEDEN MATAR DE HAMBRE A LOS POBRES


C. Ford Runge y Benjamin Senauer

La burbuja de etanol

En 1974, cuando Estados Unidos se tambaleaba por el embargo petrolero impuesto por la Organización de Países Exportadores de Petróleo, el Congreso emprendió la primera de muchas medidas legislativas para promover el etanol a partir del maíz como combustible alternativo. El 18 de abril de 1977, ante el incremento de exigencias de independencia energética, el presidente Jimmy Carter se puso su suéter de punto y apareció por la televisión para decir a los estadounidenses que el esfuerzo de equilibrar las demandas de energía con los recursos internos disponibles sería el "equivalente moral de la guerra". La eliminación gradual del plomo en las décadas de 1970 y 1980 dio un impulso adicional a la naciente industria del etanol. (El plomo, sustancia tóxica, mejora el desempeño de la gasolina cuando se le agrega a ésta, y fue parcialmente sustituido por etanol.) Una serie de alivios fiscales y subsidios también fue de ayuda. A pesar de tales medidas, con cada año que pasaba Estados Unidos se hizo cada vez más dependiente del petróleo importado, y el etanol, en el mejor de los casos, seguía teniendo un papel marginal.

Ahora, gracias a una combinación de altos precios del petróleo y de subsidios gubernamentales aún más generosos, el etanol derivado del maíz está de moda. Según la Asociación de Combustibles Renovables, a finales de 2006 había 110 refinerías de etanol en operación en Estados Unidos. Muchas estaban en proceso de ampliación, y se estaban construyendo otras 73. Cuando esos proyectos se completen, hacia finales de 2008, la capacidad de producción de etanol estadounidense alcanzará un estimado de 11400 millones de galones al año. En su más reciente informe sobre el Estado de la Unión, el presidente George W. Bush hizo un llamamiento al país a producir 35000 millones de galones de combustible renovable al año para 2017, casi cinco veces el nivel actualmente encargado.

El impulso de etanol y otros biocombustibles ha engendrado una industria que depende de miles de millones de dólares de subsidios de los contribuyentes, y no sólo en Estados Unidos. En 2005, la producción mundial de etanol era de 9660 millones de galones, de los cuales Brasil produjo 45.2% (a partir de la caña de azúcar) y Estados Unidos 44.5% (a partir del maíz). La producción mundial de biodiesel (la mayor parte en Europa), realizada a partir de semillas oleaginosas, fue de casi 1000 millones de galones.

El crecimiento de la industria ha significado que una participación cada vez mayor de la producción de maíz se utilice para alimentar los enormes molinos que producen etanol. Según algunas estimaciones, las plantas de etanol consumirán hasta la mitad del abasto interno estadounidense de maíz en unos cuantos años. La demanda de etanol llevará los inventarios de maíz de 2007 a sus niveles más bajos desde 1995 (año de sequía), aun cuando en 2006 produjo la tercera mayor cosecha de maíz según los registros. Puede ser que pronto Iowa se convierta en un importador neto de maíz.

El enorme volumen de maíz requerido por la industria del etanol está enviando ondas expansivas a través del sistema de alimentos. (Estados Unidos representa por sí solo 40% de la producción total mundial de maíz y más de la mitad de todas las exportaciones del grano.) En marzo de 2007, los futuros sobre el maíz se elevaron a más de 4.38 dólares por búshel [27216 kilogramos], el nivel más alto en 10 años. Los precios del trigo y el arroz también se han incrementado a máximos en décadas; pese a que estos granos se usan cada vez más como sustitutos del maíz, los agricultores están plantando más acres con maíz y menos acres con otros cultivos.

Esto podría parecer como el Nirvana para los productores de maíz, pero difícilmente lo será para los consumidores, en especial en los países pobres en vías de desarrollo, que serán sacudidos por un doble golpe si se mantienen altos los precios de los alimentos y los del petróleo. El Banco Mundial ha estimado que, en 2001, 2700 millones de personas en el mundo vivían con el equivalente de menos de dos dólares al día; para ellas, incluso incrementos marginales en el costo de granos básicos podrían ser devastadores. Llenar el tanque de 25 galones de un SUV [vehículo utilitario deportivo, por sus siglas en inglés] con etanol puro requiere más de 204 kilogramos de maíz, lo que contiene las calorías suficientes para alimentar a una persona durante un año. Al poner presión sobre el abasto mundial de cultivos comestibles, el incremento en la producción de etanol se traducirá en precios más altos en los alimentos básicos y procesados en todo el mundo. Los biocombustibles han establecido un vínculo fuerte entre los precios del petróleo y los alimentos de tal modo que podrían trastornar profundamente las relaciones entre los productores de alimentos, los consumidores y las naciones en los años por venir; y ello tendrá implicaciones potencialmente devastadoras para la pobreza mundial y la seguridad alimenticia.

La economía del petróleo y de los biocombustibles

En Estados Unidos y otras economías grandes, la industria del etanol es alentada artificialmente con subsidios gubernamentales, niveles de producción mínimos y créditos fiscales. En los últimos años, los altos precios del petróleo han hecho que el etanol sea naturalmente competitivo, pero el gobierno estadounidense sigue otorgando fuertes subsidios a los agricultores de maíz y los productores de etanol. En 2005 los subsidios directos al maíz fueron equivalentes a 8900 millones de dólares. Aunque estos desembolsos caerán en 2006 y 2007 debido a los altos precios del maíz, pronto pueden verse disminuidos por la panoplia de créditos fiscales, concesiones y préstamos gubernamentales incluidos en la legislación energética aprobada en 2005 y en una iniciativa agrícola pendiente cuya finalidad es apoyar a los productores de etanol. El gobierno federal ya concede a los mezcladores de etanol una reducción fiscal de 51 centavos de dólar por galón del etanol que producen, y muchos estados entregan subsidios adicionales.

En 2006 se esperaba que el consumo de etanol en Estados Unidos alcanzara más de 6000 millones de galones. (Se esperaba que el consumo de biodiesel fuera de unos 250 millones de galones.) En 2005, el gobierno estadounidense dispuso el uso de 7500 millones de galones de biocombustibles al año para 2012; a principios de 2007, 37 gobernadores propusieron elevar esa cifra a 12000 millones de galones para 2010, y en enero pasado el presidente Bush la elevó aún más, a 35000 millones de galones para 2017. Cada año se necesitan 6000 galones de etanol para remplazar el aditivo de combustibles llamado mtbe [metil ter-butil éter], que se está retirando debido a sus efectos contaminantes en las aguas subterráneas.

La Comisión Europea está valiéndose de medidas y directrices legislativas para promover el biodiesel, que se produce principalmente en Europa y proviene de semillas de canola y girasol. En 2005, la Unión Europea (UE) produjo 890 millones de galones de biodiesel, más de 80% del total mundial. La Política Agrícola Común de la UE también promueve la producción de etanol a partir de una combinación de remolacha y trigo con subsidios directos e indirectos. Bruselas se propone que 5.75% del combustible de los motores consumido en la Unión Europea provenga de los biocombustibles hacia 2010 y 10% hacia 2020.

Brasil, que en la actualidad produce aproximadamente la misma cantidad de etanol que Estados Unidos, obtiene casi toda de la caña de azúcar. Como Estados Unidos, Brasil inició su búsqueda de energéticos alternativos a mediados de la década de 1970. El gobierno ha ofrecido incentivos, establecido normas técnicas e invertido en apoyar las tecnologías y la promoción mercantil. Ha dispuesto que todo el diesel contenga 2% de biodiesel para 2008 y 5% de biodiesel para 2013. También ha exigido que la industria automotriz produzca motores que puedan utilizar biocombustibles y ha emprendido estrategias de amplio alcance industrial y uso de la tierra para promoverlos. Otros países también están sumándose a ese impulso. En el sudeste asiático, vastas zonas de selvas tropicales están siendo derribadas y quemadas para plantar palmeras de aceite destinadas a su conversión en biodiesel.

Esta tendencia tiene hoy un fuerte impulso. Pese a un reciente declive, muchos expertos esperan que el precio del crudo se mantenga alto en el largo plazo. La demanda de petróleo sigue incrementándose más rápido que la oferta, y las nuevas fuentes de petróleo son a menudo muy costosas o están localizadas en áreas con riesgos políticos. Según las proyecciones más recientes de la Administración de Información Energética de Estados Unidos, el consumo de energía mundial se elevará 71% entre 2003 y 2030, y en ello la demanda de países en desarrollo, sobre todo China e India, sobrepasará la de los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico hacia 2015. El resultado será una presión al alza sostenida en los precios petroleros, cosa que permitirá que los productores de etanol y biodiesel paguen primas mucho más altas por el maíz y las semillas oleaginosas de lo que era concebible hace unos pocos años. Cuanto más altos sean los precios del petróleo, más altos serán los precios del etanol, y seguirán siendo competitivos, y más podrán pagar los productores de etanol por el maíz. Si el petróleo llega a los 80 dólares por barril, los productores de etanol pueden permitirse pagar bastante más de cinco dólares por búshel de maíz.

Con el precio de materias primas tan alto, la locura por el biocombustible presionará significativamente a otras partes del sector agrícola. De hecho, así ocurre. En Estados Unidos, el crecimiento de la industria de biocombustibles ha desencadenado incrementos no sólo en los precios del maíz, semillas oleaginosas y otros granos, sino también en los precios de cultivos y productos aparentemente no relacionados. El uso de la tierra para cultivar maíz y así alimentar la voracidad de etanol está reduciendo la cantidad de acres destinados a otros cultivos. Los procesadores de alimentos que utilizan cultivos como los guisantes y maíz amarillo se han visto obligados a pagar precios más altos para garantizar sus encargos de abasto; costos que a la larga llegan a los consumidores. Los precios al alza de los alimentos también están golpeando a las industrias del ganado y las aves de corral. Según Vernon Eidman, profesor emérito de administración agrocomercial de la University of Minnesota, los costos más altos de alimentos han causado que los rendimientos caigan drásticamente, en especial en los sectores de las aves de corral y de porcinos. De seguir bajando los rendimientos, la producción declinará, y se elevarán los precios de pollos, pavos, cerdos, leche y huevos. En los próximos años muchos productores de porcinos de Iowa podrían salir del mercado al verse obligados a competir con las plantas de etanol por el abasto de maíz.

Los defensores del etanol derivado del maíz sostienen que el número de acres y la producción pueden elevarse a fin de satisfacer la creciente demanda de etanol. Pero las cosechas de maíz estadounidenses han ido creciendo poco menos de 2% al año en los últimos 10 años, e incluso duplicando tales incrementos no se podría satisfacer la demanda actual. Conforme se planten más acres con maíz, la tierra deberá ocupar otros cultivos o zonas frágiles en términos ambientales, como las áreas protegidas por el Programa de Reserva de Conservación del Departamento de Agricultura.

Además de estas fuerzas fundamentales, las presiones especulativas han creado lo que podría llamarse una "manía por el biocombustible": los precios se están elevando porque muchos compradores creen que así ocurrirá. Los fondos de protección están haciendo enormes apuestas al maíz y el mercado alcista desatado por el etanol. La manía por el biocombustible se está adueñando de las existencias del grano sin tomar en consideración las consecuencias obvias. Parece unir fuerzas poderosas, como el entusiasmo de los automovilistas por vehículos grandes e ineficientes en su uso del combustible y la culpa por las consecuencias ecológicas de los combustibles derivados del petróleo. Pero aun cuando el etanol ha creado oportunidades de enormes utilidades para la agroindustria, los especuladores y algunos agricultores, ha trastornado los flujos tradicionales de las mercancías básicas y los patrones del comercio y el consumo dentro y fuera del sector agrícola.

Este furor creará un problema diferente si los precios del petróleo declinan, digamos, a causa de una desaceleración de la economía global. Con el petróleo a 30 dólares por barril, producir etanol ya no sería redituable a menos que el maíz se vendiera a menos de 2 dólares el búshel, y ello significaría un regreso a los malos tiempos de precios bajos para los agricultores estadounidenses. Las plantas de etanol con bajos niveles de capital estarían en riesgo, y las cooperativas propiedad de los agricultores serían especialmente vulnerables. Las peticiones de subsidios, mandatos y alivios fiscales serían aún más agudas de lo que lo son ahora: habría un clamor por el rescate masivo de una industria con exceso de inversión. En tal punto, las importantes inversiones que se han estado haciendo en los biocombustibles empezarían a parecer una jugada perdida. Por otro lado, si los precios del petróleo oscilan entre 55 y 60 dólares, los productores de etanol podrían pagar de 3.65 a 4.54 dólares por búshel de maíz y lograrían una utilidad normal de 12 por ciento.

Sea lo que sea que ocurra en el mercado petrolero, el impulso por alcanzar la independencia energética, que ha sido la justificación básica de las enormes inversiones en la producción de etanol y sus subsidios, ya ha hecho que la industria sea dependiente de los altos precios del petróleo.

Cuerno de la abundancia

Una de las raíces del problema es que la industria de los biocombustibles ha sido dominada por largo tiempo no por el mercado sino por la política y los intereses de unas cuantas grandes compañías. El maíz se ha convertido en la materia prima básica aun cuando los biocombustibles podrían hacerse eficientemente a partir de una variedad de otras fuentes, como pastos y astillas de madera, si el gobierno dotara de fondos necesarios a la investigación y el desarrollo. Pero en Estados Unidos, al menos, el maíz y la soja se han usado como insumos primarios durante muchos años gracias, en gran parte, a los esfuerzos de cabildeo de los productores de maíz y soja y la Archer Daniels Midland Company (ADM), la mayor productora de etanol del mercado estadounidense.

Desde finales de la década de 1960, la ADM se ubicó como el "supermercado del mundo" y se propuso crear valor a partir de materias básicas transformándolas en productos procesados que rindieran precios más altos. En la década de 1970, la ADM empezó a hacer etanol y otros productos resultantes de la molienda de maíz húmedo, como el jarabe de maíz con alto nivel de fructosa. Rápidamente pasó de ser un actor de mediana importancia en el mercado de alimentos a una poderosa productora global. Hacia 1980, la producción de etanol de la ADM había alcanzado los 175 millones de galones al año, y el jarabe de maíz con alto nivel de fructosa se había convertido en el agente endulzante ubicuo en los alimentos procesados. En 2006, la ADM era la productora más grande de etanol en Estados Unidos: hizo más de 1070 millones de galones, cuatro veces más que su rival más cercana, VeraSun Energy. A principios de 2006, anunció sus planes de incrementar su inversión de capital en etanol de 700 millones de dólares a 1200 millones en 2008 y de elevar su producción en 47%, o sea alrededor de 500 millones de galones más, hacia 2009.

La ADM debe buena parte de su crecimiento a sus contactos políticos, en particular ciertos legisladores clave que pueden destinar subsidios especiales a sus productos. El vicepresidente Hubert Humphrey puso en marcha muchas de esas medidas cuando fue senador por Minnesota. El senador Bob Dole (republicano por Kansas) defendió incansablemente a la compañía durante su larga trayectoria política. Como hizo ver el crítico conservador James Bovard hace más de una década, casi la mitad de las utilidades de la ADM han provenido de productos que el gobierno estadounidense ha subsidiado o protegido.

En parte debido a tal apoyo gubernamental, el etanol (y en menor medida el biodiesel) es ahora un importante elemento permanente de los sectores agrícola y energético de Estados Unidos. Además del crédito fiscal de 51 centavos de dólar por galón que el gobierno federal otorga al etanol, los productores más pequeños obtienen una reducción fiscal de 10 centavos por galón sobre los primeros 15 millones de galones que producen. También está el "patrón del combustible renovable", un nivel obligatorio de combustible no fósil que han de utilizar los vehículos de motor, que ha desatado una guerra de pujas políticas. Pese a los ya altos subsidios gubernamentales, el Congreso está considerando derrochar más dinero en los biocombustibles. La legislación relacionada con la iniciativa de ley agrícola de 2007, introducida por el representante Ron Kind (demócrata por Wisconsin), demanda elevar las garantías de préstamos a los productores de etanol de 200 millones de dólares a 2000 millones. Los defensores del etanol derivado del maíz han justificado los subsidios señalando que al crecer la demanda de etanol subirán los precios del maíz y así se reducirán los subsidios a los cultivadores de maíz.

La industria del etanol también se ha convertido en conspicua escena del proteccionismo en la política comercial estadounidense. A diferencia de las importaciones de petróleo, que entra al país libre de impuestos, la mayor parte del etanol que actualmente se importa a Estados Unidos lleva un arancel de 54 centavos de dólar por galón, en parte porque el etanol más barato de países como Brasil amenaza a los productores estadounidenses. (La caña de azúcar brasileña puede convertirse en etanol más eficientemente que el maíz de Estados Unidos.) La Iniciativa de la Cuenca del Caribe (ICC) podría debilitar esta protección: el etanol brasileño ya puede ser embarcado libre de impuestos a países de la ICC, como Costa Rica, El Salvador o Jamaica, y el acuerdo permite que vaya, también libre de aranceles, de ahí a Estados Unidos. Pero los defensores del etanol en el Congreso insisten en la legislación adicional para limitar esas importaciones. Tales medidas gubernamentales protegen a la industria contra la competencia, pese a las repercusiones perjudiciales para los consumidores.

Matando de hambre al hambriento

Los biocombustibles pueden tener efectos aún más devastadores en el resto del mundo, en especial en los precios de los alimentos básicos. Si los precios del petróleo siguen altos -- lo cual es probable -- , la gente más vulnerable a las alzas de precios acarreadas por el auge de los biocombustibles será la que vive en países que padecen insuficiencia de alimentos e importan petróleo. El riesgo se extiende a gran parte del mundo en vías de desarrollo: en 2005, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la mayoría de los 82 países de bajo ingreso con déficit de alimentos fueron también importadores netos de petróleo.

Incluso importantes exportadores de petróleo que utilizan sus petrodólares para comprar importaciones de alimentos, como México, no pueden eludir las consecuencias de los incrementos en los precios de los alimentos. A finales de 2006, el precio de la harina para la tortilla en México, que obtiene 80% de sus importaciones de maíz de Estados Unidos, se duplicó debido a un alza en los precios del maíz estadounidense de 2.80 a 4.20 dólares por búshel durante los últimos meses. (Los precios se elevaron aunque las tortillas se hacen principalmente con maíz blanco producido en México porque los usuarios industriales del maíz amarillo importado, que se utiliza para alimento de animales y alimentos procesados, empezaron a comprar la variedad blanca, más barata.) El incremento de precio se exacerbó por la especulación y el acaparamiento. Con cerca de la mitad de los 107 millones de personas que en México viven en la pobreza y cuya principal fuente de calorías es la tortilla, la protesta del público fue feroz. En enero de 2007, el nuevo presidente de México, Felipe Calderón, se vio obligado a poner un tope a los precios del maíz.

El Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI, por sus siglas en inglés), con sede en Washington, D.C., ha presentado estimados moderados del impacto global potencial de la creciente demanda de biocombustibles. Mark Rosegrant, director de una división del IFPRI, y sus colegas prevén que de continuar altos los precios del petróleo, el rápido incremento en la producción global de biocombustibles hará que los precios globales del maíz suban 20% hacia 2010 y 41% hacia 2020. Se prevé que los precios de las semillas oleaginosas, como la soja, las canolas y las semillas de girasol, se eleven 26% hacia 2010 y 76% hacia 2020, y los precios del trigo 11% para 2010 y 30% hacia 2020. En las partes más pobres del África subsahariana, Asia y América Latina, donde la yuca es un alimento básico, se espera que su precio se incremente 33% hacia 2010 y 135% hacia 2020. Los incrementos de precios proyectados pueden mitigarse si los rendimientos de las cosechas se elevan sustancialmente o si la producción de etanol derivado de otras materias primas (como árboles y pastos) se volviera viable comercialmente. Pero, a menos que cambien las políticas en torno a los biocombustibles, ninguna de estas dos cosas es probable.

La producción de etanol derivado de la yuca puede plantear una amenaza especialmente grave para la seguridad alimentaria de los pobres del mundo. La yuca, un tubérculo tropical parecido a la papa también conocido como mandioca, proporciona un tercio de las necesidades calóricas de la población en el África subsahariana y es el alimento básico de más de 200 millones de los africanos más pobres. En muchos países tropicales, es el alimento al que recurre la gente cuando no puede conseguir nada más. También sirve como una reserva importante cuando fallan otros cultivos, ya que puede crecer en suelos pobres y en condiciones secas, y se le puede dejar en el terreno para ser cosechada según se vaya necesitando.

Gracias a su alto contenido de fécula, la yuca también es una excelente fuente de etanol. A medida que la tecnología para convertirla en combustible va mejorando, muchos países -- entre ellos China, Nigeria y Tailandia -- están considerando utilizar más de sus cultivos para tal fin. Si los campesinos de los países en vías de desarrollo pudieran convertirse en proveedores de la emergente industria, gozarían de un incremento en sus ingresos. Pero el historial de la demanda industrial de cultivos agrícolas en esos países indica que los grandes productores serán los principales beneficiarios. El probable resultado de un auge en el etanol derivado de la yuca es que un número creciente de pobres luchará aún más para alimentarse.

Los participantes de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996 se propusieron reducir el número de personas que padecen hambre crónica en el mundo -- personas que no comen las calorías suficientes con regularidad para ser sanas y activas -- de 823 millones en 1990 a 400 millones hacia 2015. En las Metas de Desarrollo del Milenio establecidas por las Naciones Unidas en 2000 está el compromiso de reducir a la mitad la proporción de la población mundial con hambre crónica, de 16% en 1990 a 8% en 2015. Sin embargo, para ser realistas, es probable que el recurso a los biocombustibles empeore el hambre mundial. Varios estudios realizados por economistas del Banco Mundial y otras instituciones indican que el consumo calórico entre los pobres del mundo desciende casi medio punto porcentual siempre que los precios promedio de todos los alimentos básicos más importantes suben 1%. Cuando un alimento básico se encarece, la gente trata de sustituirlo con uno más barato, pero si suben los precios de casi todos los básicos, no le queda ninguna alternativa.

En un estudio sobre la seguridad alimentaria global que realizamos en 2003, proyectamos que dadas las tasas de crecimiento económico y demográfico, el número de personas asoladas por la desnutrición en todo el mundo declinaría 23%, a alrededor de 625 millones, hacia 2025, siempre y cuando la productividad agrícola mejorara lo suficiente para mantener constantes los precios relativos de los alimentos. Pero si, con todo lo demás sin cambio, los precios de los alimentos básicos se elevaran debido a la demanda de biocombustibles, como las previsiones del IFPRI indican que harán, el número de personas que no tendrán garantizado su alimento en el mundo se elevaría en un factor de 16 millones por cada alza porcentual en los precios reales de los alimentos básicos. Ello significa que 1200 millones de personas podrían padecer hambre crónica hacia 2025, o sea 600 millones más de lo previsto anteriormente.

Las personas más pobres del mundo ya gastan de 50 a 80% de su ingreso total familiar en alimentos. Para muchos de ellos que son jornaleros sin tierra o agricultores rurales de subsistencia, grandes incrementos en los precios de los alimentos básicos significarán desnutrición y hambre. Algunos de ellos caerán del límite de la subsistencia a la inanición declarada, y muchos morirán por una multitud de enfermedades relacionadas con el hambre.

La hierba es más verde

Y ¿para qué? En el mejor de los casos, beneficios ambientales limitados. Aun cuando es importante pensar en formas de desarrollar energía renovable, uno debe examinar con mucho cuidado las ambiciosas pretensiones de que los biocombustibles son "verdes". A menudo se considera que el etanol y el biodiesel son benévolos con el medio ambiente porque son derivados de plantas y no del petróleo. En realidad, incluso si se utilizara la cosecha completa de maíz de Estados Unidos para hacer etanol, ese combustible sólo sustituiría 12% del uso actual de gasolina en el país. Pensar en el etanol como una alternativa verde a los combustibles fósiles refuerza la quimera de la independencia energética y la de apartar los intereses de Estados Unidos del cada vez más turbulento Medio Oriente.

¿Deberían utilizarse el maíz y la semilla de soja como cultivos para combustibles? Las semillas de soja y especialmente el maíz son cultivos en hilera que contribuyen a la erosión del suelo y a la contaminación del agua, y requieren grandes cantidades de fertilizantes, plaguicidas y combustible para su crecimiento, cosecha y secado. Son la principal causa del escurrimiento de nitrógeno -- el dañino derrame de nitrógeno de los campos cuando llueve -- del tipo que ha creado la llamada zona muerta en el Golfo de México, un área oceánica del tamaño de Nueva Jersey que tiene tan poco oxígeno que casi no permite la vida. En Estados Unidos el maíz y las semillas de soja suelen plantarse en rotación, porque las semillas de soja agregan nitrógeno al suelo, elemento que el maíz necesita para crecer. Pero como el maíz va desplazando a la soja como principal fuente de etanol, será cultivado en forma continua, por lo que se requerirá incrementar en forma significativa los fertilizantes con nitrógeno y así se agravará el problema del escurrimiento de éste.

El etanol derivado del maíz tampoco es muy eficiente como combustible. Durante décadas han sido violentos los debates en torno al "balance de energía neta" de los biocombustibles y la gasolina: la razón entre la energía que producen y la energía necesaria para producirlos. Por ahora, el etanol derivado del maíz parece ser favorecido sobre la gasolina, y el biodiesel sobre el petróleo diesel, pero no por mucho. Científicos del Laboratorio Nacional Argonne y del Laboratorio Nacional de Energía Renovable han calculado que la razón de energía neta de la gasolina es de 0.81, resultado que implica un insumo mayor que el producto. El etanol derivado del maíz tiene una razón que oscila entre 1.25 y 1.35, que es mejor que recuperar meramente los gastos. El petróleo diesel tiene una razón de energía de 0.83, en comparación con la del biodiesel hecho a partir del aceite de la semilla de soja, que oscila de 1.93 a 3.21. (El biodiesel producido de otras grasas y aceites, como la grasa para restaurante, puede ser más eficiente en términos de energía.)

Aparecen resultados similares cuando se comparan los biocombustibles con la gasolina utilizando otros índices de impacto ambiental, como las emisiones de gases de invernadero. El ciclo completo de la producción y el uso del etanol derivado del maíz libera menos gases de invernadero que el de la gasolina, pero sólo en 12 a 26%. La producción y el uso del biodiesel emiten 41 a 78% menos de tales gases de lo que hace la producción y el uso de los combustibles diesel derivados del petróleo.

Otro punto de comparación son las emisiones de gases de invernadero por milla recorrida, en lo que se toma en cuenta la eficiencia relativa del combustible. Utilizar mezclas de gasolina con 10% de etanol derivado del maíz en vez de gasolina pura reduce las emisiones en 2%. Si la mezcla es 85% etanol (que sólo pueden aprovechar vehículos de combustibles flexibles), las emisiones de gases de invernadero se reducen aún más: 23% si el etanol es derivado del maíz y 64% si es derivado de la celulosa. De manera similar, el diesel que contiene 2% de biodiesel emite 1.6% menos gases de invernadero que el petróleo diesel, mientras que las mezclas con 20% de biodiesel emiten 16% menos, y el biodiesel puro (también sólo utilizable en vehículos especiales) emite 78% menos. Por otro lado, el biodiesel puede incrementar las emisiones de óxido de nitrógeno, que contribuye a la contaminación del aire. En una palabra, las virtudes "verdes" del etanol y el biodiesel son modestas cuando estos combustibles se producen a partir del maíz y la semilla de soja, que son cultivos en hilera, intensivos en energía y muy contaminantes.

Los beneficios de los biocombustibles son mayores cuando se usan plantas que no son maíz o aceites de otras fuentes distintas de las semillas de soja. El etanol hecho enteramente de celulosa (que se encuentra en árboles, pastos y otras plantas) tiene una razón de energía de entre 5 y 6 y emite de 82 a 85% menos gases de invernadero que la gasolina. A medida que el maíz se torna más escaso y costoso, muchos apuestan a que la industria del etanol se volcará cada vez más a los pastos, los árboles y los residuos de los cultivos de campo, como la paja del trigo y el arroz y los tallos del maíz. Los pastos y los árboles pueden sembrarse en tierras poco adaptadas a los cultivos alimentarios o en climas hostiles al maíz y la semilla de soja. Los recientes adelantos en las tecnologías de enzimas y de gasificación han hecho más fácil la separación de la celulosa de las pajas y las plantas leñosas. Hay experimentos de campo que indican que las tierras de pastos perennes podrían convertirse en una fuente promisoria de biocombustible en el futuro.

Sin embargo, por ahora los costos de cosechar, transportar y convertir estas materias vegetales son elevados, lo que significa que el etanol derivado de la celulosa todavía no es viable en forma comercial si se le compara con las economías de escala de la actual producción derivada del maíz. El gerente de una planta de etanol en el Medio Oeste estadounidense ha calculado que proporcionar combustible a una planta de etanol con pastos de recambio, alternativa muy polémica, requeriría la entrega de la carga de un camión de remolque de pastos cada seis minutos, las 24 horas del día. Las dificultades logísticas y los costos de convertir la celulosa en combustible, junto con los subsidios y políticas que hoy favorecen el uso del maíz y la semilla de soja, hacen poco realista esperar que el etanol derivado de la celulosa se convierta en una solución en la próxima década. Hasta que así sea, depender más de la caña de azúcar para producir etanol en los países tropicales sería más eficiente que utilizar el maíz y no implicaría utilizar un alimento básico.

El futuro puede ser más prometedor si desde hoy se dan los pasos correctos. La limitación de la dependencia estadounidense de los combustibles fósiles requiere un programa integral de conservación de la energía. En vez de promover más mandatos, alivios fiscales y subsidios a los biocombustibles, el gobierno estadounidense debe adoptar un compromiso más importante en un incremento sustancial de la eficiencia en energía en vehículos, hogares y fábricas; fomentar fuentes alternativas de energía, como la solar y la eólica, e invertir en investigación para mejorar la productividad agrícola y elevar la eficiencia de los combustibles derivados de la celulosa. La obsesión de Washington por el etanol derivado del maíz ha distorsionado la agenda nacional y ha apartado su atención del desarrollo de una estrategia amplia y balanceada. En marzo, el Departamento de Energía estadounidense anunció que invertiría hasta 385 millones de dólares en seis biorrefinerías destinadas a la conversión de celulosa en etanol. Ése es un paso prometedor en la dirección correcta.