lunes, 23 de junio de 2008

LA AGONÍA DE ÁLVARO URIBE


Cynthia Arnson

La política de Estados Unidos hacia Colombia ha llegado a un punto de inflexión. Desde el inicio del Plan Colombia en 2000, un programa multifacético para fortalecer la seguridad y la gobernabilidad en el tercer país más poblado de América Latina, nunca había habido tanta incertidumbre sobre la naturaleza y el futuro del compromiso de Estados Unidos con este país. El presidente Álvaro Uribe, reelegido el año pasado por una mayoría aplastante, mantiene un índice de 66% de aprobación general, lo que lo convierte en uno de los presidentes más populares de la región. Ha reaccionado con alarma e indignación ante el cuestionamiento de Washington sobre la conducta de su gobierno y la naturaleza de las políticas colombianas. Los más altos funcionarios del país -- el ministro de Defensa, el fiscal general, el vicepresidente y el propio Uribe -- han desfilado sucesivamente y a toda velocidad por la capital estadounidense en los últimos meses, defendiendo la causa de Colombia y buscando extender el Plan Colombia hasta 2012 y, lo más importante, la aprobación por parte del Congreso estadounidense de un tratado de libre comercio (TLC) entre ambos países. Ambas iniciativas, pero especialmente el TLC, han estado atrapadas en la controversia, víctimas de costosos errores políticos, tanto en Washington como en Bogotá, así como de otras tendencias en Estados Unidos que tienen poco o nada que ver con Colombia.

Algunos elementos de la encrucijada de Colombia son fáciles de identificar. El gobierno de Uribe enfrenta en el Capitolio lo que un asistente republicano del Senado ha calificado como "una tempestad perfecta": la otrora impenetrable mayoría republicana fue derrotada en noviembre pasado cuando los demócratas reconquistaron el control de ambas cámaras del Congreso; y el presidente George W. Bush, con quien Uribe ha estado estrecha y entusiastamente alineado, es más impopular que nunca, en especial debido a la guerra en Irak.

Como si esto no bastara, los resultados de la guerra contra la droga (principal razón por la cual Estados Unidos ha contribuido con más de 5600 millones de dólares, sobre todo para la ayuda antinarcóticos y militar a Colombia durante los últimos siete años) distan de ser extraordinarios: la ayuda ha mejorado notablemente la seguridad en todo el país, pero la pureza de la cocaína en las calles de Estados Unidos ha aumentado y sus precios han bajado. Según las cifras publicadas en junio por la Oficina Nacional de Política para el Control de la Droga de Estados Unidos (U.S. Office of National Drug Control Policy), la cantidad de coca cultivada en Colombia durante 2006 aumentó por segundo año consecutivo, pese a las cifras récord de fumigación de cultivos, lo que ha incrementado las tensiones con los vecinos del país, en especial Ecuador. Más aún, el total de hectáreas dedicadas al cultivo de coca en toda la región andina no ha disminuido desde que el presidente Bill Clinton lanzó, en 2000, la fase actual de la guerra contra la droga. En el ámbito de los derechos humanos, casi todos los indicadores de violencia -- secuestros, asesinatos, masacres -- se han reducido considerablemente. Empero, Colombia encabeza la lista mundial de sindicalistas que son asesinados cada año, estadística lo suficientemente preocupante como para haber adquirido un gran significado a la luz del debate sobre el tratado de libre comercio.

Los problemas políticos internos que enfrenta Uribe se suman al complicado escenario en Washington. Ya a finales de 2006 un gran número de legisladores, gobernadores y políticos locales, en su gran mayoría perteneciente a los partidos que apoyan al presidente, fueron acusados por la Corte Suprema de Colombia y por la Fiscalía General de colaborar con grupos paramilitares. Las acusaciones comprenden desde la financiación y dotación de equipos a dichos grupos hasta la filtración de nombres de personas destinadas a ser eliminadas. El propio primo de Uribe, un senador, y también el comandante de las Fuerzas Armadas y el ex jefe de Inteligencia Interna, han quedado envueltos en el escándalo. Una encuesta Gallup colombiana de julio pasado muestra que los índices de aprobación de Uribe, aunque todavía altos, se han desplomado 10 puntos porcentuales en los últimos meses. El presidente todavía mantiene una alta calificación tanto en Colombia como en el exterior por haber mejorado la seguridad del país e impulsado altos niveles de crecimiento económico. Frente a todos los indicadores positivos, se divisan resquebrajamientos. La misma encuesta Gallup revela que 72% de la opinión pública apoya los diálogos de paz con los grupos paramilitares, que resultaron en la desmovilización de alrededor de 31000 combatientes desde 2003. Pero sólo 48% aprueba la manera en que Uribe ha conducido este proceso. Igualmente, la mayoría de la población apoya firmemente el manejo general de la economía, pero desaprueba la actuación frente a complejos problemas como el desempleo y el costo de la vida.

Dos relatos opuestos

Los funcionarios del gobierno expresan su impaciencia e incluso una sensación de traición por la crítica que reciben sus políticas. Ellos y otros sostienen que el escándalo parapolítico no habría surgido si Uribe no hubiera tomado la valerosa decisión de involucrarse en un proceso de paz con el mayor grupo paramilitar, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), cuyos líderes han hecho extensas confesiones de sus crímenes, según la Ley de Justicia y Paz que rige en su desmovilización. Si bien esto es sólo parcialmente cierto -- algunas de las revelaciones más perjudiciales provienen de la computadora portátil recuperada de un importante comandante paramilitar, así como de los testimonios de ex funcionarios del gobierno convertidos en informantes -- , el hecho real es que mucha menos gente ha muerto en Colombia como consecuencia de la desmovilización de los paramilitares. El espectáculo de los comandantes de las AUC tras las rejas, ofreciendo detalles que han permitido a los investigadores encontrar cientos de fosas comunes con los restos de las hasta ahora innumerables víctimas, hubiera sido inconcebible tres años atrás, cuando se inició el proceso de las AUC. Algunas opiniones indican que el enfoque del Congreso de Estados Unidos sobre los derechos de los sindicalistas colombianos no toma en cuenta las mucho más graves y extensas violaciones por parte de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Sólo en junio pasado, durante una fallida operación militar, las FARC asesinaron a 11 miembros de la Asamblea Departamental, que mantenía como rehenes, además de miles de secuestrados, entre ellos una ex candidata presidencial.

Comprender las razones por las cuales esta versión no se ha difundido en el Congreso estadounidense requiere descubrir no sólo el otro lado de la historia, sino también la reciente participación del Congreso en la política de Colombia. Los temas de derechos humanos -- incluidos los años de la connivencia entre los grupos paramilitares y las fuerzas armadas, la crisis que padecen los desplazados, y los numerosos casos ya referidos -- adquieren mayor gravedad por la impunidad crónica que caracteriza a la justicia colombiana actual. Estos temas constituyen preocupaciones fundamentales tanto para los demócratas liberales y moderados como para los republicanos. Para los críticos de Uribe, las sanciones contenidas en la Ley de Justicia y Paz -- un máximo de ocho años de prisión para quienes se supone han cometido crímenes de lesa humanidad -- son harto benevolentes, y el escándalo parapolítico apenas revela cuán profundamente las redes criminales representadas por las AUC han penetrado las instituciones políticas colombianas. La relación de Uribe con los paramilitares se considera sospechosa, más aún por la expansión de las estructuras de tipo paramilitar conocidas, como Convivir, durante la época en que Uribe gobernó el Departamento de Antioquia. Peor aún, Uribe personalmente escogió a Jorge Noguera, su jefe de campaña en la Costa Atlántica, para dirigir el Departamento Administrativo de Seguridad (das), la agencia interna de seguridad de Colombia. Según un antiguo asociado, actualmente en prisión, Noguera habría utilizado su cargo en el das para filtrar a los grupos paramilitares los nombres de los sindicalistas y otras personas que deberían ser asesinados.

Algunos asistentes republicanos del Congreso reconocen ahora que apenas consideraron las preocupaciones por los derechos humanos -- con la excepción de los abusos atribuidos a las FARC -- durante los seis años de su desempeño; tampoco lo hicieron los funcionarios estadounidenses encargados de negociar el TLC. Más bien, el enfoque consistía en apoyar los programas de seguridad y antinarcóticos de Uribe. Para los demócratas del Congreso que han trabajado durante mucho tiempo en temas coyunturales colombianos, los derechos laborales han sido una permanente preocupación ligada a los derechos humanos. Éstos niegan categóricamente que su enfoque sobre los derechos sindicales esté motivado por el deseo de promover la agenda proteccionista de la base sindicalista del Partido Demócrata. "Cuando año tras año un país ocupa el primer lugar como el sitio más peligroso del mundo para ser sindicalista -- dice un funcionario demócrata de la Cámara -- ello se nota." Fundamental para cualquier acuerdo comercial, dice el asistente de un senador que apoya el libre comercio, "debe ser la capacidad de los trabajadores para organizarse y no ser asesinados".

La profundidad de la actual polarización en el Congreso indica que lo que a menudo ha sido descrito como un "consenso bipartidista" sobre la política de Estados Unidos hacia Colombia era menos un consenso que una colcha de retazos sostenida por débiles hilos. Clinton pudo reunir una coalición de apoyo al inicio del Plan Colombia en 2000 debido a que múltiples intereses y objetivos -- la lucha antinarcóticos, el desarrollo alternativo, el proceso de paz, los derechos humanos y la consolidación democrática -- tuvieron cabida dentro de la táctica de la big tent [gran carpa] que tanto lo popularizó. No obstante, con el tiempo -- años que han atestiguado el colapso de las negociaciones de paz con las FARC, del surgimiento de Álvaro Uribe con una plataforma de ley y orden, y de la reestructuración posterior al 11-S de una política exterior de Estados Unidos en torno a la guerra contra el terrorismo -- el Plan Colombia se ha identificado sobre todo con sus aspectos contraguerrilleros y antinarcóticos. Esta táctica satisfizo a algunos miembros de la coalición bipartidista en el Congreso, aquéllos cuya principal preocupación era la detención del flujo de cocaína colombiana a Estados Unidos. Pero otros parecían distanciados, en especial aquéllos para quienes la defensa de los derechos humanos ha servido durante mucho tiempo como piedra fundamental del debate sobre Colombia en Estados Unidos.

Las raíces de la política actual

Históricamente, la atención del Congreso a este tema ha surgido de la crítica post-Vietnam a la política exterior de Estados Unidos, crítica promovida por las fuerzas liberales. Éstas cuestionaban la necesidad de subordinar la conducta de un gobierno sobre sus propios ciudadanos a las preocupaciones por la seguridad nacional. La larga tradición democrática colombiana permitió a Estados Unidos concentrar su atención en los sucesos promovidos durante las dictaduras militares del Cono Sur en los setenta y en los regímenes centroamericanos en los ochenta. Pero pronto, luego que el gobierno de Bush padre lanzara la guerra contra las drogas en 1989, éste redirigió su ayuda antinarcóticos a la policía colombiana debido a las pruebas de conductas abusivas y a la corrupción en las fuerzas armadas. Desde ese momento, y durante casi una década más, la asistencia militar estadounidense estuvo limitada a la lucha antidroga, no a operaciones contrainsurgentes. No obstante esta distinción -- errónea, según algunos, dado que la guerrilla estaba involucrada en la protección de los cultivos de coca y los laboratorios de procesamiento -- se mantuvo, ya que pocos funcionarios estadounidenses creían que el Congreso o la opinión pública apoyarían un mayor compromiso en la cada vez más brutal guerra contra la insurgencia en Colombia.

La atención a las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el conflicto armado surgió poco tiempo antes de la llegada al poder del presidente Clinton. En 1993, un subcomité del Senado tomó nota de "continuos abusos a los derechos humanos a gran escala", muchos de ellos cometidos por el ejército colombiano a medida que ostensiblemente utilizaba la ayuda antinarcóticos para fines de contrainsurgencia. Apoyado en un informe de la Oficina General de Auditoría (General Accounting Office), que demostraba que ni el gobierno colombiano ni el estadounidense tenían mecanismos adecuados para la "supervisión del destino final". Para evitar la desviación del equipo de Estados Unidos y sin tocar ni un centavo de la ayuda, el Congreso exigía que el gobierno informara a cuatro de sus comités antes de proveer ayuda económica o militar y les otorgaba autoridad informal para bloquearla. El autor de esa enmienda -- el senador demócrata Patrick Leía (Vermont) -- a través de los años ha sido un actor clave del Congreso en la relación con Colombia, vinculando el entrenamiento militar de Estados Unidos con la conducta de los funcionarios colombianos en el tema de derechos humanos, y exigiendo cortar los lazos entre los comandantes paramilitares y los miembros de las fuerzas armadas. Tras la victoria demócrata de 2006 en el Senado, Leahy preside actualmente el subcomité que supervisa la ayuda exterior y el Comité Judicial del Senado. Junto con la representante demócrata Nita Lowey (Nueva York), quien preside el comité correspondiente en la Cámara de Representantes, este año ha dirigido el esfuerzo para cambiar las prioridades en lo que respecta al paquete de ayuda de Estados Unidos.

Finalmente, es probable que la asignación de la ayuda para Colombia siga este año -- cerca de 500 millones de dólares en fondos nuevos -- , pero el equilibrio entre la seguridad y los objetivos de desarrollo cambiarán. En junio, la Cámara de Representantes votó por la transferencia del grueso de los recursos del Plan Colombia a programas de desarrollo rural y social, humanitarios, legales y de otras reformas. El Comité de Asignaciones del Senado ha procedido en igual forma, pero aún no está claro cuándo el Senado actuará en pleno, si lo hace. Aun cuando los proyectos de ley sobre erogaciones en el Congreso enfrentan después del receso de agosto una complicada agenda política, parece seguro que el paquete reflejará las nuevas prioridades del Congreso demócrata. Colombia es "un socio y aliado vital de Estados Unidos", dice un informe del Comité, que acompaña la legislación de este año. Pero ha llegado el momento de redistribuirla "para ayudar al gobierno colombiano a concentrarse en la justicia y el imperio de la ley, así como a combatir la pobreza subyacente y omnipresente, que es la raíz de muchos de los problemas en Colombia y en la región".

El comercio: ¿relación asimétrica?

Si se mantienen los fondos de este año, el destino del TLC será mucho más incierto. A simple vista, poco de la relación comercial entre Estados Unidos y Colombia es un tema controvertido. Lo que se destaca, no obstante, es la gran importancia del mercado estadounidense para los exportadores colombianos, así como las asimetrías entre las economías de ambos países. El PIB de Colombia en 2006 (132000 millones de dólares) representa aproximadamente 1% del de Estados Unidos. Colombia constituye menos de 1% del total del comercio estadounidense y ocupa el lugar 29 entre los mercados de exportación de aquel país. Mientras que en 2006 Colombia destinó 40% de sus exportaciones a Estados Unidos, éste fue el proveedor de 26% de las importaciones colombianas.

Las exportaciones de Colombia a Estados Unidos -- sobre todo petróleo crudo, carbón y café -- se han expandido rápidamente en la última década, creciendo 116% entre 1996 y 2006. Las exportaciones de Estados Unidos a Colombia -- sobre todo de maíz, partes de maquinaria y máquinas procesadoras de datos -- también han crecido, aunque a niveles más modestos, generando un déficit comercial con Colombia que supera los 2500 millones de dólares. Los proponentes del TLC señalan que según las estipulaciones de la actual Ley Andina de Preferencias Comerciales y Erradicación de Droga (Andean Trade Preferences and Drug Eradication Act, ATPDEA), más de la mitad de las exportaciones colombianas a Estados Unidos ingresan libres de impuestos, mientras que Colombia aún mantiene aranceles sobre gran variedad de productos estadounidenses entre los que se incluyen bienes de capital, manufacturas y numerosos productos de consumo. Por lo tanto, con el tiempo, un TLC eliminaría las desventajas competitivas de los inversionistas estadounidenses. Los analistas de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (U.S. Agency for International Development, USAID) explican que, entre otros elementos, las mayores transferencias estadounidenses de tecnología a los sectores colombianos clave de servicios tendrían como resultado un incremento en la productividad colombiana en general, contribuyendo a lo que un funcionario de la USAID calificó como el "valor tangible en la promoción de la productividad económica y la reducción de la pobreza" del TLC. Los funcionarios colombianos y el propio Uribe trabajan aceleradamente en lo que consideran un breve marco de tiempo -- los últimos tres años de su gobierno -- para consolidar los avances en seguridad con una alianza económica con Estados Unidos que permitiría a Colombia alcanzar la prosperidad en el largo plazo.

El entorno estadounidense

Dejando a un lado los argumentos objetivos, la dificultad consiste en que el TLC se ha convertido en un sustituto para otros temas y es caldo de cultivo para intensos debates. Por una parte, el acuerdo está condicionado a lo que un funcionario del Departamento de Estado calificó como un "estado opresivo de resentimientos y reciente demostración de fuerza" entre los demócratas del Congreso. Por la otra, está atrapado en el resurgimiento del populismo económico en Estados Unidos, tema que repercutió en las elecciones de noviembre de 2006, produjo significativos avances democráticos en el Congreso y resuena como parte de un debate nacional más amplio sobre los ganadores y los perdedores en el proceso de globalización. Sin duda, la importancia simbólica del TLC trasciende sus beneficios económicos, y en ello radica buena parte de la dificultad tanto para quienes lo apoyan como para sus opositores.

Para el gobierno de Uribe y sus seguidores en Colombia y en Estados Unidos, el tema es, a fin de cuentas, cómo este último trata a sus aliados más fuertes: si los años de trabajo duro, de intensos sacrificios y de mutuo compromiso -- con objetivos como la erradicación de la coca, el freno de la violencia y la contención de las guerrillas -- serán o no premiados con la alianza estratégica que simboliza el TLC. "Lo que los demócratas están diciendo", señaló el representante republicano Jerry Weller, integrante del Subcomité de Comercio de la Cámara, "es que Colombia no está lista para un acuerdo y nosotros les avisaremos cuándo lo esté." Y agregó: "Uribe es nuestro mejor amigo, nuestro más fuerte aliado y nuestro socio más confiable en toda América Latina. [...] A aquel que se asocie con Estados Unidos, se le respetará. Es por eso que la ratificación [del tratado] es tan importante".

Para los demócratas del Congreso, sin embargo, la falta de colaboración bipartidista sobre los temas comerciales durante los seis años en que fueron minoría ha emponzoñado el clima en el que se desenvuelve el debate del libre comercio. "Durante seis años", manifestó un prominente funcionario de la Cámara, "tratamos de vincularnos con estos temas, y el gobierno no quiso trabajar con nosotros." Según funcionarios, tanto republicanos como demócratas, la Casa Blanca y el predominio republicano en la Cámara mantuvieron una y otra vez a los líderes demócratas alejados de las discusiones sobre asuntos comerciales clave, en apariencia prefiriendo culparlos por el fracaso de las iniciativas comerciales para hacer ver al Partido Demócrata como un elemento hostil hacia el sector privado.

Las interacciones humanas también han desempeñado un papel que complica la situación. Uribe es sumamente admirado como servidor público comprometido y austero, pero ha cometido pequeños, y costosos, errores frente al Congreso. Durante una visita a Washington en el primer semestre de 2007, saludó calurosa y efusivamente a los miembros republicanos del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara que lo han apoyado, pero se mostró frío y retraído con los miembros demócratas presentes, entre ellos el nuevo presidente del Comité. En otra ocasión, en mayo pasado, montó en cólera durante una cena privada con miembros del Congreso y sus funcionarios, acusando al director de una prominente ONG estadounidense de derechos humanos de ser un mentiroso y simpatizante de la guerrilla por cuestionar los vínculos de su gobierno con el paramilitarismo. A medida que el exabrupto circuló en el Congreso, le dio credibilidad a aquellos que expresan su alarma por la propensión de Uribe a atacar a sus críticos internos como "compañeros de viaje" de la guerrilla, una acusación con graves consecuencias en Colombia.

Aparte de las percepciones y los resentimientos, el error del gobierno estadounidense al no incluir inicialmente fuertes protecciones laborales y ambientales en el TLC con Colombia -- así como en los acordados con Perú y Panamá -- ha sido enormemente costoso, y quizás de manera irremediable. Desde la llegada al poder de Bush en 2001, el comercio internacional ha experimentado en general márgenes de apoyo cada vez menores en el Congreso. Aun cuando los republicanos controlaban la Casa Blanca, la Cámara y el Senado, la renovación de la autoridad presidencial para negociar TLC fue aprobada por tan sólo un voto. El Tratado de Libre Comercio Centroamericano (Central American Free Trade Agreement, CAFTA), que incluía estipulaciones laborales y ambientales elaboradas con toda intención, fue aprobado por la Cámara en 2006 por apenas dos votos, y sólo porque los líderes de la Cámara mantuvieron abierta la votación durante casi una hora con el fin de juntar los votos necesarios para su aprobación (vale la pena acotar que, en el Senado, los dos principales candidatos demócratas para la nominación presidencial de 2008, Hillary Clinton y Barack Obama, votaron en contra del CAFTA). Que en este ambiente la Casa Blanca lograra negociar otros TLC con Colombia, Perú y Panamá sin fuertes protecciones laborales y ambientales sólo puede describirse como un hecho profundamente torpe o sorprendentemente arrogante.

El descenso del apoyo político para los tratados de libre comercio transita a contracorriente con el surgimiento del populismo económico entre los políticos de Estados Unidos, en particular los demócratas. Sandra Polaski, ex representante especial del Departamento de Estado para Asuntos Laborales Internacionales y actualmente especialista en comercio del Carnegie Endowment for International Peace [Fundación Carnegie para la Paz Internacional] en Washington, ha tratado de explicar las tendencias más generalizadas en la economía estadounidense que están en la base de la creciente oposición al libre comercio. "La concentración de la riqueza en la cúpula de la sociedad estadounidense se ha disparado a niveles nunca vistos desde la década de 1920", escribe. Al mismo tiempo, los salarios medio y promedio de los trabajadores estadounidenses se han estancado o disminuido. Asimismo, se han reducido las prestaciones de salud y pensiones, víctimas de un "colapso gradual del consenso político interno en Estados Unidos a favor de un crecimiento integral". Según la mayoría de las versiones, la inseguridad económica que perciben los estadounidenses fue un factor determinante para los avances demócratas en el Congreso en las elecciones de noviembre de 2006, con una gran mayoría de nuevos legisladores que atribuyeron su triunfo a haber tomado una "posición vehemente contra la agenda comercial erróneamente formulada por el gobierno". En una carta fechada en enero de 2007 dirigida a Charles Rangel, presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara (House Ways and Means Committee), 39 de los 42 nuevos demócratas afirmaron haber ofrecido a sus electores "alternativas reales y significativas" a los "acuerdos que acaban con el trabajo", como el CAFTA.

Los demócratas recién elegidos no están solos cuando expresan su preocupación por la creciente desigualdad en Estados Unidos y sus consecuencias en las percepciones de los beneficios de la globalización. En febrero pasado, el nuevo presidente de la Junta de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben S. Bernanke, pronunció un importante discurso en el cual comentaba que la "creciente desigualdad no es un suceso reciente sino que ha perdurado por lo menos durante tres décadas, o tal vez más aún". Prosiguió diciendo que "la tendencia de largo plazo hacia una mayor desigualdad observada en los salarios reales es también evidente en las medidas generales de bienestar financiero, tales como el ingreso real de los hogares". En julio, la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi y otros dirigentes demócratas se reunieron en un foro sobre "Globalización, outsourcing y el Trabajador Estadounidense", en el que se hizo pública una investigación que demostraba que las ganancias agregadas de la globalización han sido considerables en Estados Unidos, pero que la distribución desigual de los beneficios contribuía a la presión política en favor del proteccionismo. La prensa citó a George Miller, presidente del Comité sobre Educación y Trabajo, quien observó que "el comercio podría no ser la razón, o la principal razón" de la pérdida de empleos en Estados Unidos, pero el pueblo estadounidense "piensa que sí lo es".

En la primavera pasada, la nueva representante comercial de Estados Unidos, Susan Schwab, firmó las paces con el Congreso. Ella y un grupo bipartidista de miembros de la Cámara que supervisan los asuntos comerciales presentaron en mayo una "Nueva Política de Comercio para Estados Unidos", que contenía nuevas normas laborales y ambientales y exigía programas más efectivos de Estados Unidos para ayudar a los trabajadores en las industrias perjudicadas por el comercio internacional. Las estipulaciones se incorporarán a los TLC con Perú y Panamá, que probablemente avanzarán cuando el Congreso se reúna después del receso de agosto. No obstante, Colombia ha sido diferida, a la espera de "pruebas concretas de resultados perdurables en la realidad". Según una declaración conjunta en junio de la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi, del líder de la mayoría Steny Hoyer, del presidente del Comité de Medios y Arbitrios Charles Rangel y del presidente del Subcomité de Comercio Sander Levin, "todos nosotros consideramos a Colombia como un aliado crucial en la región, que merece nuestro compromiso activo", pero "existe una preocupación generalizada en el Congreso sobre el nivel de violencia en Colombia, la impunidad, la falta de investigaciones y juicios y el papel de los paramilitares. Temas de esta naturaleza no pueden resolverse sólo con palabras en un TLC. [...] En consecuencia, no podemos apoyar el tratado con Colombia en este momento".

Las tareas pendientes

A fin de cuentas, la aprobación de este tratado con Colombia dependerá de cómo se desenrede la complicada maraña de asuntos objetivos y subjetivos que pesa sobre sus espaldas. El gobierno de Bush no ha logrado hasta ahora articular una visión estratégica sobre por qué el acuerdo favorece tanto a Estados Unidos como a Colombia. Ningún funcionario de rango ministerial o mayor ha dado prioridad al acuerdo, y los bajos niveles de popularidad del presidente indican que su involucramiento personal es una desventaja más allá de los confines del Partido Republicano (que también cuenta con un núcleo que suele votar contra el libre comercio). Argumentar, como lo ha hecho el subsecretario de Estado, R. Nicholas Burns, que Estados Unidos debe "cumplir [su] compromiso con el pueblo colombiano", sin duda tiene resonancias en los colombianos molestos y ofendidos por la fuerte crítica de Washington. Pero el argumento parece sustituir un reclamo emocional con uno sólido. Mientras que la política exterior de Estados Unidos con frecuencia se vende al público como una política basada en valores y obligaciones morales, los políticos demócratas, interesados en ayudar y no en dañar a Colombia, aún no comprenden con claridad las razones por las que este TLC podría ser beneficioso para los intereses de las economías de ambos países, tanto para sus sectores privados como para sus trabajadores.

Así como no es correcto que los demócratas que se oponen al tratado castiguen a Colombia por la arrogancia partidista y los desaires sufridos durante seis años de total control republicano de la Casa Blanca y del Congreso, tampoco parece acertado que los colombianos interpreten la acción del Congreso sobre el TLC únicamente como un referéndum sobre su país. Las preocupaciones por el asesinato de sindicalistas colombianos y la impunidad a su alrededor resultan bastante reales e importantes, pero es igualmente serio el profundo cuestionamiento que en Estados Unidos se hace sobre los beneficios distributivos del comercio exterior, debate más amplio al cual Colombia contribuye en calidad de actor secundario. Las elecciones para el Congreso de Estados Unidos de noviembre pasado deberán servir -- más allá de la inconmensurable sombra de Irak -- como un llamado de alerta a los líderes de ambos partidos políticos en el sentido de que el público estadounidense tiene una visión profundamente escéptica sobre el balance entre ganadores y perdedores en el proceso de globalización. Si en el pasado la sabiduría popular indicaba que "la marea alta hace ascender a todas las embarcaciones sin distinción", ya no parece tolerable que algunos se retiren en yates y otros en balsas de caucho.

Para que sobreviva el TLC, el presidente Álvaro Uribe y su gobierno necesitan exhibir una mayor voluntad para ejecutar reformas concretas que muestren resultados. No toda la crítica proveniente del Congreso, en sí misma producto de un debate abierto y plural, tiene la intención de ofender el orgullo o la soberanía, y el flujo permanente de visitas de alto nivel a Washington da la impresión negativa de que Uribe y sus más cercanos colaboradores creen más en la necesidad de un mejor trabajo de ventas que en mejoras concretas para sustentar su legado. Es urgente hacer un esfuerzo verosímil para atender preocupaciones legítimas -- entre ellas los derechos laborales y la impunidad -- que, si son satisfechas, contribuirán a hacer de Colombia un lugar mejor para todos sus ciudadanos.

Las tareas en Washington no son menos críticas o urgentes. Sólo recientemente la administración Bush comprendió el error de no haber incorporado en su política hacia América Latina los asuntos de interés regional, lo que deterioró su capital político en el hemisferio y, por lo tanto, buena parte de su credibilidad sobre asuntos latinoamericanos dentro del país. Los profesionales de la política exterior con interés de largo plazo en un compromiso constructivo Estados Unidos-América Latina necesitan hallar objetivos comunes con los demócratas del Congreso para probar que el TLC tiene sentido tanto para Estados Unidos como para Colombia. La táctica de intimidación -- que implica que una pérdida para Uribe ayuda al avance del presidente de Venezuela, Hugo Chávez -- probablemente será contraproducente en el clima ya polarizado en torno a la política exterior de Bush. Los objetivos de largo plazo son más complicados; si los TLC pueden capear no una, sino las muchas "tempestades perfectas" de la política de Washington, los políticos de todo tipo deberán elaborar respuestas más creíbles y equitativas a la pregunta de "¿quién es el beneficiado?".

¿EL FIN DE AMÉRICA LATINA?


Heraldo Muñoz

En tiempos recientes se ha difundido la idea de que América Latina ya no existe como una unidad política. En las agendas internacionales de los países latinoamericanos han surgido nuevos actores prioritarios extrarregionales. México, América Central y el Caribe están crecientemente vinculados con la dinámica económica, migratoria, social y de seguridad de Estados Unidos; mientras, América del Sur intenta avanzar en un proceso de convergencia propio e independiente del resto de la región. Paralelamente, se observa una fragmentación del libre comercio en múltiples acuerdos bilaterales y subregionales. En la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en noviembre de 2005, América Latina mostró divergencias sustanciales respecto al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), lo cual significó que no se llegase a un acuerdo sobre la materia.

Pero las apariencias ocultan una realidad más compleja. Más allá del hecho evidente de que América Latina comparte una misma historia y cultura, los problemas de los países de la región tienden a ser básicamente los mismos que antes -- en muchos casos agudizados -- y subsiste una fuerte identidad regional frente al resto del mundo. Las autoridades latinoamericanas perciben que en solitario no tienen el peso suficiente para influir en la arena mundial, lo cual tiende a favorecer el enfoque de la concertación.

El nuevo escenario de diferenciación intralatinoamericana y el incremento de los lazos extrarregionales son parte de un fenómeno más amplio. El término de la Guerra Fría, que alineaba a nuestra región y a otras en el eje Este-Oeste, así como la globalización del libre mercado, han sido factores que, de manera lógica y natural, han empujado a América Latina hacia la diversificación de contactos más allá de la región y a la búsqueda global de acuerdos de libre comercio. Si a esto sumamos los tropiezos de la Ronda Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el retroceso del Área de Libre Comercio de las Américas, los acuerdos comerciales por separado no representan un fenómeno de desintegración latinoamericana, sino una conducta pragmática que también se observa en otras regiones del mundo.

En consecuencia, si bien en América Latina se observa una significativa polarización o fragmentación política y económica, creemos que aún subsiste una misma región con problemas e intereses similares pero con diversidad de políticas o respuestas frente a esos problemas comunes.

Las fuerzas desintegradoras

El espíritu de la integración latinoamericana de los años sesenta ha decaído notablemente. Los procesos de alcance regional han perdido vigencia y han surgido, en cambio, esquemas de integración parciales, o bilaterales. Más aún, incluso los arreglos subregionales no han mostrado frutos tangibles. Por ejemplo, 35 años después de su formación, la Comunidad Andina (CAN) aún no ha podido concertar un arancel externo común, y varios de sus miembros -- Perú, Colombia y Ecuador -- se han separado del resto para negociar acuerdos comerciales con Estados Unidos. El Mercosur, por su parte, está estancado debido a los desequilibrios comerciales internos y a los problemas de Brasil y Argentina.

México, sobre todo desde su adhesión al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ha profundizado sus vínculos económicos, migratorios, culturales y físicos con Estados Unidos. América Central y República Dominicana después del reciente acuerdo de libre comercio con Estados Unidos (CAFTA) han confirmado una gravitación preexistente hacia Estados Unidos, incluso respecto a la delincuencia transnacional cuya principal expresión son las "maras", las violentas pandillas de países del Istmo, con lazos directos en algunas grandes ciudades estadounidenses.

En otro escenario, países como Chile, Perú y México se han volcado cada vez más hacia la región de Asia-Pacifico en el marco de la APEC. En la actualidad, China es el principal mercado individual para las exportaciones chilenas; los flujos de inversiones en ambos sentidos han aumentado notablemente y es posible que continúen incrementándose en el marco de un eventual acuerdo comercial, en avanzada etapa de negociación, entre Chile y China. Además, Chile suscribió el primero, y hasta ahora único, acuerdo de libre comercio con Corea del Sur y, paralelamente, ha negociado acuerdos similares con otros países de la región Asia-Pacifico.

No sólo Chile, sino también Argentina, Brasil, México, Perú y Venezuela se han interesado en un vínculo más intenso con China, cuyo crecimiento económico ha significado un aumento de la demanda de petróleo, cobre, soya y otros productos primarios latinoamericanos. El eje América Latina-China podría fortalecerse aún más si se concreta la intención del presidente Hu Jintao, quien en noviembre de 2004, después de la Cumbre APEC en Chile, visitó Argentina, Brasil y Cuba, comprometiendo inversiones de 100000 millones de dólares para los próximos 10 años.

Brasil ha intensificado sus lazos fuera de la región con países como China, India y Sudáfrica; ha concertado con Alemania, India y Japón obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y ha subrayado que su interés nacional trasciende América Latina y tiene un alcance global, expresándose, por ejemplo, en la negociaciones de la OMC y en el impulso a la Cumbre América del Sur-Países Árabes celebrada en Brasilia en mayo de 2005.

América del Sur está impulsando un proyecto de Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN) cuya más reciente expresión fue la Cumbre de Brasilia del 29-30 de septiembre de 2005, donde se estableció una Secretaría pro tempore y una Troika, y se aprobó un Plan de Acción. Pero, en la comunidad las voluntades políticas varían, siendo Brasil el principal impulsor y observándose que Argentina, por ejemplo, desearía que aquélla no opaque al Mercosur. A su vez, Venezuela y Uruguay quisieran avanzar más rápidamente, creando nuevas instituciones puesto que, según el presidente Hugo Chávez, la propuesta de la CSN, estructurada sobre la base del Mercosur y la CAN, está destinada al fracaso pues ambos esquemas -- en sus palabras -- nacieron "bajo el ala del neoliberalismo".

A los nuevos focos de interés extrarregional de muchos países latinoamericanos se suma una peligrosa amenaza de desintegración estatal en países como Colombia, que alberga una prolongada guerra interna, o una radicalización de movimientos étnicos que ha puesto en jaque a los gobiernos de Ecuador y Bolivia. Los "estados fallidos", que han sido una característica de África, amenazan con extenderse a algunos países de la región, lo cual ahondaría las tendencias centrífugas.

Por otra parte, el incremento de la violencia y la delincuencia organizada, en especial en zonas urbanas, alcanza proporciones epidémicas -- con contadas excepciones -- y ha forzado a muchos gobiernos a una acción introspectiva en vez de la cooperación regional frente a un fenómeno que, como en el caso del narcotráfico y el lavado de dinero, trasciende las fronteras nacionales. La violencia, de hecho, es la primera causa de muerte en América Latina en el amplio estrato de personas entre los 15 y 45 años de edad. El Banco Interamericano de Desarrollo calculó los costos de la violencia para el año 2000 en 168000 millones de dólares, equivalente a 14,2% del PIB regional. Pese a ello, se observa una escasa coordinación entre las autoridades de los países de la región para encarar, por ejemplo, las exportaciones de armamento ligero que frecuentemente son trianguladas y reingresadas a territorio nacional, directamente al mercado negro.

Las fuerzas integradoras

Pese a las señales de desarticulación y pérdida de cohesión regional, subsisten importantes elementos de convergencia e identidad.

En el ámbito político, desde los años noventa el escenario de vuelta a la democracia, junto con los procesos de reforma económica y modernización del Estado, se han convertido en factores de convergencia en los países latinoamericanos. La democracia es un factor de unión de América Latina. La concertación latinoamericana a favor de los regímenes democráticos comenzó con el Grupo de Rio que, en su declaración de Acapulco de 1987, postuló que la democracia era un elemento central constitutivo del grupo.

El "Compromiso de Santiago con la Democracia" y la Resolución 1080 de la Organización de Estados Americanos (OEA) establecieron en 1991 mecanismos multilaterales para defender la democracia, proceso que más tarde se consolidó en la Carta Democrática Interamericana de 2001 que reconoce que los pueblos del hemisferio tienen "el derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla". Paralelamente, el Mercosur estipuló en su protocolo de 1998 diversos grados de suspensión de cualquier gobierno de un Estado miembro que surja producto de un golpe de Estado.

Los países latinoamericanos han llevado estos compromisos a la práctica. Por ejemplo, en ocasión de un intento fallido por alterar el orden democrático en Paraguay, el Mercosur fue activado exitosamente. La OEA, por su parte, actuó con celeridad para aplicar el Compromiso de Santiago y la Resolución 1080 en los casos de Guatemala, Haití y Perú, con resultados generalmente positivos.

Hoy, el problema es la fragilidad de la democracia que se refleja en la remoción de presidentes electos por vías democráticas, aunque sustituidos "constitucionalmente", ya sea por sus vicepresidentes o por presidentes de otros poderes del Estado -- como ha ocurrido repetidamente en Argentina, Bolivia y Ecuador -- . La "calidad" de la democracia, la frustración ciudadana con la pura dimensión electoral de la democracia y los altos niveles de desigualdad social constituyen serios desafíos para la cooperación política regional.

La concertación latinoamericana se ha expresado en una variedad de diálogos con otras regiones. Desde 1999 se realizan cumbres presidenciales de la Unión Europea-América Latina y el Caribe, a lo cual hay que sumar los importantes acuerdos de asociación concluidos por México y Chile con la Unión Europea, y el proceso de negociación en marcha entre el Mercosur y el bloque europeo.

La celebración regular de Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno desde 1991 ha reafirmado la identidad cultural iberoamericana y proporcionado una instancia para analizar problemas comunes en el más alto nivel. La creación de una Secretaría Permanente durante la Cumbre Iberoamericana de Salamanca, en octubre de 2005, probablemente fortalecerá este foro, acentuando, además, el hecho de que la pantalla del radar externo de la región esta colmándose con nuevos actores, escenarios y horizontes.

Por ultimo, existe una integración silenciosa en América Latina. Las nuevas tecnologías no sólo han acercado al mundo, sino que han multiplicado los vínculos entre las naciones latinoamericanas. Millones de nuevas líneas telefónicas unen la región, en tanto han surgido numerosos canales de televisión, periódicos y otros medios regionales. Por ejemplo, el Grupo de Diarios América conecta a periódicos de 11 países latinoamericanos, desde Costa Rica hasta Argentina. Si bien es cierto que la CNN domina la difusión de noticias por cable, actualmente muchos latinoamericanos tienen opciones que no tenían hace sólo una década, como la red mexicana Televisa, o las señales internacionales de canales nacionales de televisión que se extienden por América Latina y el mundo.

Existe, además, una red de contactos empresariales privados que interrelaciona a la región, llevando a los empresarios a interesarse en la estabilidad de sus vecinos. Los empresarios sudamericanos no sólo miran al Norte en busca de oportunidades económicas, sino que ahora también ven el futuro en el Sur, donde pueden ser más competitivos. Las denominadas "multilatinas" -- conglomerados latinoamericanos que se han expandido mediante una creciente presencia regional -- constituían un fenómeno desconocido hace 20 años.

Hay empresarios chilenos, por ejemplo, que han invertido unos 7000 millones de dólares en Argentina, en sectores que van desde la electricidad hasta los supermercados y la industria vitivinícola. Asimismo, las inversiones chilenas en Brasil, Colombia, Perú y Venezuela continúan expandiéndose. Las empresas brasileñas o argentinas también están cruzando los Andes para hacer negocios en Chile. Un importante sistema de gasoductos conecta al centro de Chile con Argentina, en tanto se han abierto muchos corredores biooceánicos nuevos por decisión conjunta de ambos países, con el fin de facilitar el comercio y el turismo. En el pasado, éstos permanecían cerrados por desconfianza mutua.

Debido a los problemas de abastecimiento de gas y al incremento del precio del petróleo, los países sudamericanos están en una etapa avanzada de planificación de un "anillo energético" sudamericano; es decir, la construcción de un gasoducto sudamericano de 1200 kilómetros para suministrar energía de manera no discriminatoria y eficiente. En forma paralela, los países sudamericanos impulsan proyectos concretos de infraestructura y conectividad en el marco del Plan de Integración de la Infraestructura Regional de América de Sur.

Por último, la unidad latinoamericana sigue inalterada en el respaldo al multilateralismo y al imperio del derecho internacional. Durante la crisis de Irak, México y Chile, como miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, se opusieron a la acción unilateral de Estados Unidos para invadir el estado de Asia occidental. Tal postura contó con un sólido respaldo en la región, con escasas excepciones. Sólo Colombia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y República Dominicana respaldaron o integraron la coalición encabezada por Estados Unidos contra Irak; pero Costa Rica retiró su respaldo formalmente y sólo El Salvador permanece con tropas en el terreno hacia finales de 2005.

Pese a las discrepancias sobre algunos temas de la agenda mundial, los países latinoamericanos mantienen una postura unitaria frente a las acciones unilaterales como, por ejemplo, la certificación de Estados Unidos relativa a las drogas o la ley Helms-Burton y sus medidas extraterritoriales que pretenden impedir que empresas de América Latina, y de otras regiones, realicen negocios en Cuba.

Hacia un regionalismo realista

América Latina ha salido al mundo a explorar nuevos vínculos, mientras su proceso de integración económica se ha fragmentado considerablemente. Ello ha sido el producto natural del fin de la Guerra Fría y de la globalización económica. Las debilidades de los proyectos de integración de América Latina obedecen en gran medida a que, a partir de los años noventa, las estrategias de sustitución de importaciones cedieron el paso a regímenes de apertura comercial al exterior, en el marco de la globalización.

No estamos, entonces, en presencia de un proceso de descomposición regional. Más bien se ha producido una diversificación progresiva de los vínculos externos de América Latina que ha configurado un mosaico verdaderamente universal de relaciones comerciales, de inversión, culturales y políticas entre países de la región y socios que van desde Europa hasta Asia.

Por otra parte, las fallas de algunos procesos integradores no deben opacar los logros. El Mercosur, por ejemplo, con todos sus tropiezos, trasciende la dimensión comercial y constituye un proyecto político, cultural y de seguridad. Su éxito innegable es que surgió, a finales de los ochenta, como un entendimiento estratégico entre Brasil y Argentina, poniendo fin a una larga historia de tensiones y rivalidades bilaterales.

En suma, América Latina exhibe hoy una realidad compleja y diversa. No existe un modelo único para enfrentar los desafíos políticos, económicos y sociales. Más bien, subsiste la necesidad de la concertación regional para enfrentar problemas clave que trascienden las fronteras nacionales. Para avanzar, América Latina requiere un proceso paciente de convergencia macroeconómica y cooperación financiera. Los países latinoamericanos pueden ponerse de acuerdo en lo pragmático para, por ejemplo, desarrollar proyectos conjuntos en ciencia y tecnología y acceder a fuentes externas de cooperación tecnológica. La alternativa más razonable entonces es optar por un regionalismo abierto al mundo y realista. De lo contrario, la unidad latinoamericana no será más que retórica o de buenos deseos.

VENEZUELA EN AMÉRICA LATINA. EL BOLIVARIANISMO DEL SIGLO XXI


Ana María Sanjuán

La política exterior es un elemento central en el proyecto bolivariano de Hugo Chávez, quien ha practicado un hiperactivismo internacional, y en sus dos periodos presidenciales (1999-2000, 2000-2006) e inicios del tercero (primer semestre de 2007) ha realizado 162 viajes fuera de Venezuela, más de la mitad a América Latina, lo que revela su interés por estrechar los lazos con la región.

Más nacionalismo en lo interno, más Estado e independencia de Estados Unidos en América Latina y mayor demanda de energía son los factores que dan fundamento a la actual agenda internacional de Venezuela. Chávez realiza, por medio de su política exterior, una crítica radical y agresiva contra el neoliberalismo y la globalización, al tiempo que considera que, con la integración del Sur, la globalización capitalista puede ser derrotada. Los temas que atraviesan transversalmente la política internacional de Venezuela en este periodo son: la promoción de la Alternativa Bolivariana para las Américas (alba); la cooperación internacional; el desarrollo del Sur; la reivindicación social de los excluidos; los principios de la democracia participativa; la promoción del altermundismo, y un uso cooperativo y solidario de la energía en el sur del continente y en el Caribe, y racional, por decirlo así, en el resto del mundo.

En sus relaciones regionales Venezuela se mueve en dos carriles: la diplomacia social, a través del alba, y la diplomacia petrolera, a través de una serie de organizaciones y acuerdos ad hoc; es decir, mediante la creación, o propuesta de creación, de entidades o asociaciones estratégicas como Petroamérica, Petrocaribe, Petroandina y Petrosur. El alba es la contrapropuesta venezolana y cubana frente al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), fundada en 2005, que consiste en la suscripción de acuerdos entre Estados para la integración de los pueblos, con base en los principios de solidaridad, cooperación, complementariedad, reciprocidad y respeto a las soberanías nacionales, y cuyo objetivo es desarrollar un modelo de integración a partir del desarrollo endógeno y soberano de los pueblos, una estrategia común en la lucha contra la pobreza y la exclusión social, y el desarrollo de mecanismos de cooperación para la reducción de las asimetrías entre los países del hemisferio. Además de Venezuela y Cuba, los países que pertenecen al alba son Bolivia, Nicaragua y Haití, y Ecuador e Irán como observadores.

Hasta ahora, en el marco del alba, se ha adelantado una serie de programas sociales y de cooperación como la Misión Milagro (cirugías en Cuba para la recuperación de la vista de más de seis millones de latinoamericanos); la formación de médicos comunitarios en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), que funciona en Cuba con financiamiento mixto de Venezuela y Cuba y cuyo objetivo es titular a 200000 médicos antes de 2015; otorgar préstamos con bajos intereses para pequeños empresarios y agricultores a través de las embajadas de Venezuela en cada uno de los países miembros del alba, y la promoción del programa de alfabetización cubano "Yo sí puedo", mediante el cual la UNESCO declaró en 2005 a Venezuela territorio libre de analfabetismo.

En lo que respecta a la integración energética, la nueva visión geopolítica y geoestratégica de las relaciones internacionales venezolanas, basada en la energía disponible en el país, tiene como objetivo reducir la dependencia de los centros del poder petrolero transnacional, así como la diversificación de los mercados y nuevas fuentes de inversión y tecnología, además de la participación de nuevos actores económicos. Desde 2000 se han suscrito los siguientes convenios: Acuerdo de Cooperación energética de Petrocaribe (integrado por 14 países, actualmente en pleno financiamiento de la producción petrolera de los países miembro, lo que representa una cifra de 17000 millones de dólares en 10 años, con dos años de gracia, incluidos también dos grandes proyectos de refinación en Cuba y Jamaica); Acuerdo Energético de Caracas (2000), y los nuevos tratados de Seguridad Energética -- provisión, garantía de suministro e intercambio de petróleo, gas, electricidad y energías renovables -- de 2007, firmados recientemente con Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Petrocaribe. Actualmente, y según la OPEP, Venezuela exporta 36% de su producción petrolera a América Latina, un aumento de 112% desde 2004, lo que significa que está diversificando sus mercados en el hemisferio, más allá de los compromisos energéticos que ha adquirido con China y otros países asiáticos.

Relaciones bilaterales y multilaterales

No obstante la inflamada retórica y la percepción internacionales, el país no ha dejado de pertenecer a todos los órganos multilaterales regionales, hemisféricos y globales y, pese a crisis puntuales, como las atravesadas con México y Perú, no ha habido ruptura de relaciones con ningún país de la región. Venezuela preside desde abril de 2007, y por un año, el Consejo Permanente de la OEA, organismo en el que promociona la Carta Social de las Américas, instrumento equivalente a la Carta Democrática.

Sin duda, Venezuela se ha propuesto el desarrollo de un proyecto alternativo de integración que supone, en principio, el incremento del comercio y la complementariedad económica con otros países de la región, y el ejercicio de diversas formas de cooperación con países con menos recursos o con capacidades limitadas de desarrollo. Es notable la modificación, a partir de 2000, de la balanza comercial con Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Chile, México y Perú. En el caso de Argentina, el comercio binacional se incrementó 800% en tres años. Se mantiene una suerte de diplomacia extrainstitucional de intercambios con grupos sociales y populares altermundistas, no sólo en Argentina sino también en Brasil, Colombia, México y Perú.

Para Venezuela, las agendas bilaterales más importantes en esta coyuntura corresponden a Colombia, Cuba y Estados Unidos. Las relaciones con Cuba son ideológicas y pragmáticas a la vez. Desde 1999, han establecido importantes mecanismos de cooperación y complementación, que van desde el suministro petrolero venezolano (95000 barriles diarios) hasta un apoyo estratégico cubano al Estado venezolano en el área de redistribución social, a través de las misiones, desde su concepción hasta su puesta en marcha y mantenimiento.

En el caso de Colombia, la relación se ha tornado estratégica, aunque también es ideológica. Es interesante observar cómo acontecen las relaciones entre los países de la región más antagónicos en lo ideológico. La agenda binacional la integran el comercio, la cooperación en materia energética y las externalidades negativas del conflicto interno colombiano.

Los conflictos, aunque recurrentes y por diversas causas, son contenidos con eficacia a través de la relación personal entre ambos presidentes. Un aspecto que podría variar el carácter de las relaciones binacionales es el de los acuerdos de complementación energética firmados en 2005, que las convierte en un plazo muy corto en relaciones estratégicas, por lo que el nivel de conflictividad latente debería variar o buscar canales alternativos de solución, dada la extrema dependencia mutua que ambas naciones tendrán.

Por su parte, las relaciones con Estados Unidos son bipolares, aunque imprescindibles para ambos países. Revisten una elevada complejidad en su manejo debido a la alta interdependencia económica y comercial que crece a la par de una retórica política antagónica absolutamente desproporcionada.

La crisis de las relaciones alcanzó su punto máximo en 2002, cuando Venezuela acusó a Estados Unidos de participar en el golpe de Estado de abril. Desde entonces no se han recuperado. Las posibilidades de contactos de más alto nivel entre ambas administraciones son escasas y, como es obvio, sigue primando la desconfianza más absoluta, un maniqueísmo ideológico y una creciente hostilidad. La agenda negativa construida por Estados Unidos contra Venezuela está conformada por: la falta de cooperación en el combate contra las drogas, el terrorismo y tráfico de personas; la repontenciación del parque militar y la no participación de la Fuerza Armada Nacional (FAN) en las operaciones militares conjuntas Para Venezuela, la agenda negativa la conforman la intervención en el golpe de Estado de 2002; el bloqueo por causas fútiles o falsas por parte del gobierno estadounidense para la reparación y mantenimiento de los F-16 de la Fuerza Aérea Venezolana adquiridos en 1983; el bloqueo para la adquisición de equipos militares en España, Brasil y otros países, y la creación, en agosto de 2006, de una oficina de la CIA para el acopio de información sobre Venezuela. Para contrarrestar las agendas negativas, ambos países despliegan una serie de actividades de diplomacia paralela. Por parte de Estados Unidos existe, a través de la Fundación Nacional para la Democracia (NED, siglas en inglés de National Endowment for Democracy), del Departamento de Estado y de USAID, un importante financiamiento para algunas de las actividades de grupos opositores al gobierno en Venezuela. Por parte de Venezuela, se han desarrollado programas de cooperación locales, específicamente en torno a la energía.

En lo comercial, sin embargo, las relaciones siguen un curso totalmente distinto. Pese a la reducción venezolana de las exportaciones de crudo y derivados petroleros desde 2002 a 2006, que pasó de 1.24 millones de barriles diarios a 993200, la dependencia entre ambos países sigue siendo alta, con lo que aumentan notablemente los costos de cualquier escalada más allá de la retórica.

Por último, se encuentra la participación de Venezuela en los bloques subregionales sudamericanos. En el caso del Mercosur, queda en claro que Venezuela, con su ingreso pleno en 2006, aspiraba a cambiar el perfil político del bloque, contando con la nueva orientación de los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay. Desde finales de 2004, cuando Chávez comenzó a otorgar una mirada estratégica a la adhesión al Mercosur, el país se transformó, en términos discursivos, políticos e institucionales, en decididamente un "Sur optimista", lo que quiere decir que Venezuela no ve otra posibilidad de un crecimiento regional económico sustentable, ni de una inserción internacional más justa en el plano global, si los países no operan como un bloque cohesionado en lo político.

Sin embargo, varios elementos han retardado este ingreso, generando un conjunto de dudas sobre las posibilidades reales de resolución de este tema crítico, que sin duda tiene algunos factores estructurales además de trampas coyunturales. Primero, las asimetrías recurrentes dentro del bloque, más que resolverse, se profundizarían con el ingreso de Venezuela que, como se sabe, dispone de amplias reservas energéticas que le otorgan un músculo financiero muy potente y necesario para la integración. Sin embargo, su capacidad industrial y económica en otras ramas es histórica y crecientemente débil, factor que se extendería aún más al cumplirse la firma de todas las transacciones y acuerdos aduaneros reglamentarios para la pertenencia al bloque. Segundo, si bien en lo que va del siglo en la zona se intenta superar o complementar el regionalismo abierto de los noventa, no está claro en qué mecanismos de integración operará, lo que favorece aún más una fuerte competencia, en ocasiones hasta desleal, entre los mismos miembros del bloque. Tercero, están las visiones políticas convergentes aunque no necesariamente coincidentes de los países miembro sobre temas esenciales, como las relaciones con Estados Unidos, el tipo de integración energética, el peso y función del Estado en las economías y la concepción de la democracia.

El imaginario de Chávez

La política exterior de Chávez constituye esencialmente, en el marco de un discurso antihegemónico de nivel global, una propuesta alternativa de integración regional, en la que lo político privilegia a lo económico y en la que la energía es una de las herramientas que se emplean para llevar adelante sus metas estratégicas.

A partir del recuento realizado, es pertinente intentar responder tres interrogantes sobre la agenda internacional de Venezuela hoy, y sobre su actor fundamental, el presidente Hugo Chávez Frías. La primera, sobre la verdadera naturaleza de sus cambios; es decir, si dicha agenda difiere de las anteriores y en qué temas y políticas. La segunda, si la política exterior está dando los resultados previstos o alcanzando los objetivos propuestos para el país. La tercera, dada la polarización nacional, regional e incluso global sobre el tema Venezuela, si en todos esos ámbitos el imaginario sobre Chávez se corresponde más con realidades o estereotipos.

En cuanto al primer interrogante, un análisis sobre las diferencias y semejanzas con periodos anteriores muestra importantes continuidades de políticas y de desempeño, en especial el recurrente protagonismo venezolano en un escenario de precios elevados de los energéticos. Sobre el segundo, la respuesta es necesariamente crítica: los altos precios de los energéticos la han hecho más autónoma económicamente, pero a su vez han llevado a niveles nunca vistos la "enfermedad holandesa" [tendencia a tener sobreabundancia de divisas], que conduce al país a nuevas vulnerabilidades y retrocesos que se han profundizado con una alta dependencia de las importaciones, uno de los patrones más perversos de la economía venezolana, su tercerización.

Sobre el objetivo de proyectar a Venezuela como centro de poder, los resultados son mixtos. Venezuela es más visible en la región y desempeña un papel estelar en la trama energética, pero la puesta en escena maximalista de la propuesta de Chávez despierta resquemores incluso de aliados y amigos, toda vez que Venezuela suele confundir táctica con estrategia, sobre todo frente a Estados Unidos, suponiéndose, aunque los hechos demuestran lo contrario, que todos los países latinoamericanos tienen las motivaciones y/o las posibilidades de mantener un comportamiento similar o equivalente frente al hegemón hemisférico.

En lo que atañe al imaginario sobre Chávez, vale decir que su liderazgo carismático, cesarista, popular y nacionalista, basado en una mezcla de principios cristianos, bolivarianos, marxistas, militares y latinoamericanistas, se ha sobrestimado dentro y fuera del país. Chávez ha contado, para el desarrollo de su liderazgo alternativo, con una extraordinaria oportunidad: el declive del liderazgo estadounidense en la región, que ha ido de la mano del incremento abismal del precio de los energéticos. Asimismo, potenció al máximo sus fortalezas, como su poder de comunicación dentro y fuera de Venezuela y su audacia e irreverencia ante el establishment. Algunos de los resultados obtenidos por la política exterior podrían demostrar que la influencia de Chávez es más mediática que real, y que en ocasiones se estructuran o desestructuran con Venezuela relaciones basadas más en supuestos que en realidades.

Fortalezas y debilidades

Concluiremos brevemente con las fortalezas y las debilidades de la actual política exterior venezolana. Dentro de las primeras debe incluirse: el nuevo impulso a la integración regional y a modelos alternativos de relaciones Sur-Sur; la permanente visibilidad de nuevos temas y actores (la importancia política de lo social, así como de los excluidos y marginados); la apertura del debate sobre temas que se consideraban cerrados (beneficios y costos de la globalización, necesidad de democratizar las relaciones internacionales); el replanteamiento geopolítico del tema energético y su uso de manera cooperativa y solidaria con los países más pobres de la región; mayor independencia del centro de poder hemisférico, y la apertura hacia otros centros, como China, India y Rusia.

Entre las debilidades, cabe señalar las siguientes: los desplantes ideológicos tan reiterados e innecesarios, no sólo ante Estados Unidos sino también dentro de la región; el excesivo e inmanejable personalismo, a veces muy costoso para el país; las alianzas de riesgo, tanto por su significado como por su resultado (por ejemplo, las que se desarrollan crecientemente con Irán y Bielorrusia); la confusión en determinadas coyunturas de aliados y amigos con adversarios o enemigos; el intento de que la región adopte como pensamiento único el antiimperialismo o el socialismo, y la profundización económica de la dependencia del país, en especial de Estados Unidos, no obstante la autonomía financiera y la inflamada retórica al respecto.

Los objetivos venezolanos de cambios en el tablero regional y global, de mayor justicia social y de conceder poder a los relegados políticos y sociales, pasan por la construcción de alianzas estratégicas sólidas y duraderas y no circunstanciales o interesadas, y deben hacerse con la región, no en contra ni a pesar de ella. Para eso, es necesario que Venezuela se despoje también de sus propios prejuicios en cuanto a cómo conducir los procesos regionales e, incluso con el potencial de que dispone, entender que la región tiene sus propios ritmos, historias y agendas de corto y mediano plazos, que responden a las coyunturas internas de cada uno de los países. El salto a la integración sudamericana y latinoamericana requiere que todos los países aporten, disposición, audacia, independencia y generosidad para lograr la conciliación de intereses nacionales, políticos, económicos y sociales tan desiguales.